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sábado, 14 de marzo de 2009

La U ganó en su estilo: sufriendo

La U es un equipo especial. Algunos dicen: mágico. Será por eso que tiene tantos adherentes. Pese al gitanismo que tanta sorna provoca en la contra. Será por eso que muchos de sus partidos tienen emoción. La pasión que genera se debe, en parte, a esa historia de décadas de equipo luchador, con mística, que pelea hasta el final. El histórico partido de hoy en La Florida (histórico porque es primera vez que Audax recibe de local a los azules desde que hace cincuenta años o más lo hacía en su estadio de calle Guanaco, muy cerca del de la Unión y del de Católica, cuando Católica tenía su casa en la calle Independencia) refrenda esta historia: la U ganó al final, luchando, un partido que bien pudo perder.

Acomodados en mitad de cancha, muy cerca del pasto sintético del Bicentenario de la comuna de las flores, Darío es testigo de esta historia. Él mismo lo afirma de alguna forma que lo mejor de la U es su hinchada: porque contagia, empuja. Darío es hincha de la Unión. Pero también se lo he escuchado a hinchas de Católica y Colo Colo. La pasión que transmite el hincha, creo que se traspasa al jugador. El año pasado Arturo Salah señalaba que su equipo no debía jugar "al ritmo de la tribuna". ¿Y qué quería? Jugar a lo Salah: casi para el lado (para no ofender a Carvallo, el rey del juego para el lado), ordenadito, reflexivo, al borde de la siesta. Por eso ese equipo no ganó nada: ni campeonatos ni, quizás lo que es peor, clásicos. Ganó dos clásicos en apenas dos años. ¡Terrible! En cambio esta U de Markarián rescata la esencia del juego histórico de la U: intensidad, pasión, mística. No da un partido por perdido. Pelea cada pelota. Lucha hasta el final. Por eso, el empate que parecía sellado se convirtió en triunfo agónico. Porque sin importar la cancha, buscó hasta el último suspiro. Así es la U. Así le gusta a su gente. Hace tres semanas el Colo apenas llevó tres mil hinchas a La Florida. Hoy, la U llevó diez mil. Eso indica la forma de vivir los partidos que tiene cada hincha.

Pero sigamos con el partido. Darío es testigo. Fue un buen juego. Primer tiempo intenso, con la U levemente mejor, traducido en gol de cabeza del uruguayo Olivera a poco del final. 0-1 y a descansar. Pero el segundo tiempo, Audax hizo lo suyo. Tiene a Orellana, pero le falta un socio. Ataca mucho por el lado de Rieloff y Gigena se las arregla para crear peligro al medio. Destellos de Toledo. Luego, de Medel. Audax es un buen equipo, que se apodera del balón, toca y genera peligro. Por eso, el segundo tiempo fue para ellos. Por eso, el empate fue merecido. A poco del final. Córner de Orellana. Cerrado. La pelota sobra a Pinto (su único error en varios partidos) y aparece al segundo palo Vilches, el defensor, quien le gana el cabezazo a un jugador de la U, creo que a José Rojas. 1-1 y parecía que todo quedaría ahí, diplomáticamente. Pero no. ¡Audax siguió atacando! Haciéndose respetar en su casa. Y casi, casi, lo da vuelta. Centro pasado de Rieloff, Orellana devuelve al centro del área de primera y Gigena cabecea casi en área chica e increíblemente la bota afuera. Los tanos perdonaron. Y eso, contra los grandes, suele ser fatal. Así, casi en los descuentos vino el gol de la U, que poco había hecho en el segundo tiempo como para llevarse una victoria. Córner que pivotea Olivera y aparece en el segundo palo Osvaldo González y a cobrar. Explosión en la galería norte del Bicentenario y fiesta final.

Así es la U. El equipo que da alegrías. Darío fue testigo.


viernes, 13 de marzo de 2009

En Pedreros con Jorge y Jairo Gaitán

Jorge y Jairo querían tomar cerveza. Hacía calor, pero no pudieron. En Chile, la Cristal no abunda en las tribunas como sí lo hace la Águila en los pastos colombianos. Si en Chile se pudiera tomar cerveza en los estadios, no quedaría nadie vivo. El chileno no sabe tomar. De la misma forma, si en las playas de Chile se vendieran los tragos que se venden en las playas de Brasil, la tasa de ahogados por inmersión serían sorprendentes. El chileno es especial en muchas cosas. Hace tres semanas, por ejemplo, Barticciotto debía irse de Colo Colo. Ahora, dicen, están para ganar la Copa. Vamos a hablar algo de esto, pero primero, con un poco de historia.

He visto jugar dos veces a la Liga Deportiva Universitaria de Quito. Según mis archivos futboleros, la primera vez fue el 22 de marzo de 1991. Primera fase de Copa Libertadores. 20:30 horas, junto al River, el Moncho, el Champion y el Boban, en tribuna Océano. Colo Colo jugó con un 3-5-2, la innovación que trajo Mirko Jozic a Chile, y formó con Morón; Garrido (Margas), Ramírez y Peralta; Mendoza, Espinoza, Pizarro, Vilches y Barticciotto; Yáñez (Salgado) y Dabrowski. Ganó el Albo 3-0 con goles de Dabrowski en dos ocasiones y el Coca Mendoza con un zapatazo impresionante. Todos los goles en el primer tiempo y en no más de veinte minutos. Ha sido uno de los comienzos más vertiginosos que me ha tocado ver. Una media hora de juego perfecta. Parecida al primer tiempo de Chile 4 - Colombia 1 para las Clasificatorias de Francia '98.

La segunda vez que he visto a la Liga fue ayer. Primera fase de Copa Libertadores, 21:15 horas, junto a los sedientos hermanos Gaitán en tribuna Cordillera. Ganó Colo 3-0. Jugó con un 3-5-2, y formó con Muñoz; Mena, Riffo y Cereceda; Figueroa, Sanhueza, Salcedo, Millar (Caroca) y Torres (Moya); Carranza (González) y Barrios. El entrenador: Barticciotto. Los goles: Carranza, Cereceda y Barrios, todos en los primeros veinte minutos... del segundo tiempo.

Parece coincidencia, pero por entonces flotaba en el ambiente que Colo Colo podía ganar la Copa del '91. Se comentaba en los pasillos, en los medios y yo creo haberlo afirmado también en los análisis que realizaba los días lunes en los primeros quince minutos de la mañana, gracias al espacio que me daba el recordado profesor Rolando Vásquez. Tras el juego contundente de ayer, derrotando inapelablemente al último monarca, y, sobre todo tras la victoria en Sao Paulo ante Palmeiras, muchos deben estar pensando que este año algo puede pasar. Lo dijo Barticciotto antes de comenzar la Copa. Puede ser. Pero para mí, al menos, por lo que he podido ver en televisión, los más fuertes son Sao Paulo y Boca, y recién más atrás me atrevería situar a Colo Colo, a Nacional, al DIM, Cruzeiro, Chivas, Libertad, Gremio, River y, mi corazoncito también quiere hablar, la U. Todos, con fuerzas parejas. Total, los partidos, dicen, hay que jugarlos. Sin embargo, lo bueno de este equipo es que tiene un portero que da seguridad, defensores de mil batallas como Mena y Riffo, dos laterales con llegada como Figueroa y Cereceda, un mediocampo de oficio (Sanhueza y Salcedo) y talento (Millar y Torres cuando están prendidos), más la potencia y calidad excluyentes de Lucas Barrios arriba. Pero, por sobre todo, creo que lo mejor es el aplomo y la jerarquía que demuestra para este tipo de partidos. Se nota que se trata de un equipo con partidos bravos en el cuerpo. Pienso que esa puede ser su principal fortaleza. Más que el juego, más que la eficacia demostrada ayer.

Jorge y Jairo Gaitán piensan de manera singular. Creen que este equipo no es tan brillante y que la Liga mereció una derrota más estrecha. Mal que mal, se trataba del campeón vigente. Con el argentino Manso, con Ambrosi y Reasco, pero ya sin la principal figura del año pasado: Guerrón. A ellos les gustó ir al Monumental. Pero no les gustó que la gente se parara a cada rato de sus asientos. Los dos son colombianos y querían ver fútbol en los pocos días en los que iban a estar en Santiago de Chile. Venían llegando de Cuzco para algunos días después partir a Valparaíso, Mendoza y Buenos Aires. En la capital trasandina quieren ver a Radamel Falcao o a Fabián Vargas. En Chile, querían ver a Macnelly Torres. Tampoco les gustó mucho. Lo encuentran intermitente, aunque con mucho futuro. Años atrás Jorge quiso ir a ver a Giovanni Hernández cuando jugaba en Colo Colo junto a Iván Zamorano y juntos fuimos a un partido contra la U en el Estadio Nacional. A la salida, le robaron su celular. Ayer, no pasó nada, solo caminamos raudos en busca de un bus o un taxi, porque el Metro estaba cerrado.

Pero estaban algo decepcionados porque en los estadios chilenos no se vende cerveza. Y no solo eso: Jorge tenía los ojos hinchados producto de una operación a la córnea. Era de noche y usaba lentes oscuros. Yo cambié mis lentes, y veía bien, pero con algo de dolor de cabeza. No sé si porque estoy más ciego y temo llegar un día a no ver nada como Ernesto Sábato o la tía Pina, o, por los excesos de la visita social de la noche anterior.

Jorge y Jairo son hinchas del América de Cali, el equipo que disputó cuatro finales de Copa Libertadores y no ganó ninguna y dicen que la única Copa que tiene un club colombiano en sus vitrinas, la que ganó el año '89 Atlético Nacional, la ganó en parte porque agentes del Cartel de Medellín apretaban a los árbitros.

Jorge y Jairo vivieron su niñez en el Departamento de Boyacá, a varias horas de Bogotá. La U juega la próxima semana en Tunja, la capital de la región, por Copa Libertadores. Los hermanos Gaitán no van a estar allá cuando jueguen los azules. Van a estar en el Monumental de River o en La Bombonera, viendo a Falcao o a Vargas. No sé porque, pero me hubiera gustado que en vez de irse a la Argentina se hayan ido de vuelta a Colombia, volvieran al pueblo de su infancia y junto con recordar los juegos de la niñez, fueran a ver a la U. Egoístamente, un poco, en representación mía. Por esa falta, como castigo, en los estadios de Buenos Aires tampoco van a poder tomar cerveza.

lunes, 9 de marzo de 2009

Historias de Santa Laura. El Boban.

Siempre es bueno escribir y acordarse. Sobre todo, acordarse. Ayer en la mesa dominical surgió un nombre: Hugo Bobadilla. La conversación transitaba en acordarse del nombre de un viejo vecino de los padres de Ale en la calle Javiera Carrera. Hablaban de que vivía a la vuelta, allí en Blest Gana. Nunca se acordaron de cómo se llamaba ese señor. Pero yo sí me acordé de alguien a quien visité muchas veces en su casa, allí en Blest Gana, muy cerca de la casa de infancia de la Ale. Se llamaba Hugo Bobadilla. No, no era él, era otra persona a la que buscaban, pero rápido la conversación varió. Porque ese nombre que de pronto tiré al aire era el de Hugo Bobadilla y mis suegros lo conocían. ¡Lo conocían!

Mis suegros son afables y conversadores y siempre se hacen amigos de la gente de su barrio. Por entonces, Ale debía tener catorce años. La conocí seis años después, pero siempre supe que ya de antes había un conocimiento. Tal vez cuando ellos vivían en Vicuña Mackenna, al frente del edificio de Marcoleta (abajo estaba Abastible), donde mis padres vivieron un tiempo, y luego lo haría el tío Mario. Ale, con uno o dos años de vida, era llevada a pasear al Parque Bustamente. Por entonces, yo, con uno o dos años de vida, es muy probable también que me hayan llevado a pasear al Parque Bustamante. La fantasía está en creer que quizás hubo un infantil intercambio de peluches. El tema sin embargo es que entonces los papás de Ale no solo conocían a Hugo Bobadilla, sino que eran muy amigos de él. Hugo Bobadilla, para los que no saben, era un profesor de Química de la Universidad de Chile y su esposa era profesora de castellano. Tenían tres hijos, dos niñas y un joven. Las dos niñas iban al mismo colegio al que después iría Ale. El niño se llamaba igual que su padre y era compañero mío de colegio. Le decíamos Boban. Sí, por ese jugador yugoslavo del Mundial Juvenil del '87. Pero no solo eso. Hugo Bobadilla padre era colega de mi padre en la U y más de alguna vez coincidimos todos en las fiestas navideñas que se hacían a los hijos de los funcionarios. Hasta que un día se murió. Yo estaba en segundo medio. A todos nos impactó mucho. Esa mañana, en un recreo, el Boban me comentó que su padre estaba hospitalizado. Más tarde, en clases, lo vinieron a buscar. Supe de inmediato que había muerto. A esas alturas, algo sabía de la muerte. Todo el curso fue a su funeral. Allí, no solo estaba yo y todos mis compañeros. También estaban los papás de Ale y probablemente Ale también. Varios años antes de conocernos.

De modo que toda la conversación posterior dejó de ser importante para mi y pronto me fui a otra región de la memoria, la que me llevó a acordarme de mi compañero de curso, de sus padres, del barrio y, en fin, todas estas cosas importantes que vivimos con protagonistas colindantes desconocidos alrededor. Y una de esas cosas, no menor, es la siguiente: Las primeras veces que fui a Santa Laura fue con el Boban. Ambos teníamos carnet de socios de la U gracias a nuestros padres funcionarios y pagábamos 300 pesos la entrada, algo así como mil pesos de hoy, supongo. Íbamos a la galería sur, cerca de la Barra Oficial, la del Chuncho Martínez. Vimos juntos gran parte de la campaña triste del '88, la del descenso, allí, tras ese arco. Partidos polvorosos, anémicos, de escasos goles y varias decepciones. Allí estaban jugadores clásicos de esa época, como los de la foto: Horacio Rivas y Patricio Reyes. Con el Boban vi mi primer partido internacional. Allí, en Santa Laura, un amistoso 2-2, con Huracán, donde jugaba el hermano chico de Maradona, Hugo. Con el Boban conocimos Santiago norte, la Plaza Chacabuco. Santiago se nos hizo más grande. Crecimos también un poco. Con el Boban éramos los únicos hinchas de la U y debíamos soportar las burlas domingo a domingo de nuestros compañeros hinchas de Colo Colo, Católica y Cobreloa que, por entonces, ganaban todo. La historia cambiaría después, muchos años después. Por entonces, casi todo era dientes apretados y cabezas gachas.

Santa Laura siempre tuvo algo de magia. Esconde muchas historias. Guarda increíbles momentos. Hace tiempo que quería escribir sobre este estadio. Ahora que está remodelado, más moderno, con butacas individuales, como en la foto de más arriba. Y me pareció que a raíz de la conversación de anoche sobre la mesa debía empezar con esta historia de afinidades secretas. Esas afinidades que permiten establecer relaciones entre personas, lugares y sentimientos, en donde todo aquello que se ordena sin una lógica aparente, en verdad se sustenta precisamente a partir de esa ilogicidad.









lunes, 2 de marzo de 2009

Audax 2 - Unión 2


Una cosa que me tiene loco es que no puedo dejar de ver fútbol. Me encanta ir al estadio. Algo hay en estos lugares que me atrapan: la gente, los cantos, la expresión popular, el juego. Trato, entonces, de ir seguido. Esta semana la oferta futbolera invitaba a La Florida: estadio nuevo, Orellana, Unión puntero. Entonces: hay que puro ir. Pepe, el acompañante estrella. Hermano de Ale, hincha acérrimo de Unión, hombre de fútbol.
Llegamos con tiempo de prudencia, dada la asistencia que se esperaba. No fallamos: logramos sacar entradas con relativa rapidez, después sabríamos de los reclamos de la gente, y observábamos cómo seguía entrando gente a los diez, quince, veinte minutos. Resultado: la galería de Unión prácticamente llena: dos mil quinientos, tres mil hinchas que, sumados a los situados en tribuna Andes, se hicieron sentir como locales en cancha ajena. Ante esto, una duda: ¿por qué una semana atrás en Santa Laura en el juego con la U hubo tan poco hincha hispano? En fin, por lo menos la Furia Roja animó la fiesta e hizo que Los Tanos, en la galería del frente, apenas se escucharan.
La primera sensación al entrar al estadio fue de admiración y un tonto orgullo por entrar a un lugar realmente hermoso, que invita a venir y a presenciar fútbol. Situados en la galería norte, comprobamos que realmente se ve muy bien desde cualquier lado, muy cerca del arco, algo que no ocurre ni en Santa Laura, el mejor lugar, hasta hace poco, para ver fútbol. La Florida, de verdad, tiene un hermoso estadio.
Y por suerte, el fútbol acompañó. Gran partido. De ida y vuelta, con una Unión que se vio algo apretada al principio por un Audax que mereció irse en ventaja, pese a la absurda expulsión de Orellana a los 40' por un foul que solo el árbitro juzgó como penable. Por culpa de esta poco criteriosa decisión nos quedamos sin poder ver a quien era, en parte, una de las causas de mi visita. Penoso. Pero bueno, como alguien sabiamente dijo, estas son las cosas del fútbol, tan así, que Unión se fue en ventaja con un gol que, desde la galería, se vio que no entró. 1-0 y a descansar.
El segundo tiempo fue muy bueno. Audax, con uno menos, no bajó los brazos y mostró determinación para ir al arco contrario. Se pareció al mejor Audax de la era Toro, con toque y amor propio, pero en versión Marini, un asociado a la "ideología Bielsa". Así, logró el empate a través de Rieloff, un flaco desgarbado empeñoso, dinámico y decidido. Tiro desde la derecha, rebote, palo del arquero y gol. Pero Unión tenía en el banco a Manolete, adorado por la parcialidad hispana. A poco de final sacó un tiro desde el área grande fiel a su estilo, rodeado de defensores, pero sin pedir permiso. Puntazo fuerte, abajo, como los goleadores, y a cobrar. Parecía que la Unión sacaba ventaja definitiva. Parecía lo lógico. Pero Audax también tuvo banca. Quiroga y Mallea entraron con todo y Audax siguió mostrando una buena cuota de hambre, la misma que permitió una semana atrás vencer a Colo Colo, en la primera visita oficial de los albos a la vecina comuna. Así, en un córner, cabezazo de Gigena, segunda pelota, agilidad de Mallea, revés, gol. Marín no alcanza a reaccionar. Dos a dos, con uno menos, merecido, por la entrega y porque Unión mostró -en los dos goles- pequeñas licencias defensivas que, como en este caso, cuestan caro.
En conclusión, nos fuimos con la alegría de haber presenciado un gran partido de fútbol, en un gran estadio y con un marco de fútbol de antaño, ese del hincha decente, tranquilo, pero apasionado. El hincha de siempre, el clásico, el que pierde el tiempo por amor al juego, y que en nada se parece a los que ostentan su agresividad absurda.
Por esto, también, la nostalgia posterior. Esa sensación de haber retrocedido veinte años en el tiempo para presenciar un espectáculo antiguo, en medio de una fiesta como las de antes.