martes 10 de noviembre de 2009

Sobre el sentido de tres días en Valdivia

La semana pasada estuve en Valdivia en el aniversario número treinta de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios. Fueron tres días de intensos debates y exposiciones, escuchando, por supuesto, a algunos buenos exponentes de los estudios literarios en Hispanoamérica como Naín Nómez, por ejemplo; yo mismo también hablando de las relaciones entre poesía e infancia en la poética de Enrique Lihn, y de modo menos formal, estableciendo diálogos en los pasillos y en algunos bares también, por supuesto, degustando la mejor cerveza alemana de la región de los ríos. Todo esto, acompañado de buenos amigos interesados en la literatura como fenómeno intelectual que está siempre relacionado tensamente con la cultura.

En medio de lluvias intermitentes, fríos matutinos y nocturnos, las casas alemanas, los ríos Calle Calle, Valdivia y Cruces, los bosques nativos de la Isla Teja, los paseos en lancha y a pie, los lobos marinos, el submarino inglés, los rumores de una charla dada por Marcelo Bielsa, los museos históricos y la hermosa Universidad Austral de Chile (UACH), terminamos por reafirmar una serie de premisas respecto al rol que deben cumplir ciertos intelectuales hoy, sobre todo si estos están insertos en instituciones educativas como las universidades, cuyo deber esencial es, primeramente, hacer pensar.

En la línea de Edward Said en su libro Representaciones del intelectual confirmamos la idea de que muy poco sirven aquellos discursos que no se construyen sobre la base de una dimensión política, que no traten de explicar el mundo actual en base a las producciones artísticas que se generan dentro de ella, que no intenten tensionar esos discursos frente a los campos de fuerzas predominantes en la cultura. Este tipo de discursos -frecuentes, lamentablemente, en muchas de las exposiciones de este tipo de encuentros, revelando sin saberlo una completa y absoluta organicidad con el poder- terminan siendo, por sus limitaciones tautalógicas, para no ser más expresivo, estériles. Para que este tipo de reuniones científicas tengan algún valor que vaya más allá de la Academia debieran contar, entonces, con exponentes cuyas construcciones discursivas intenten iluminarnos sobre aquellos insterticios o vacíos que por un motivo u otro se silencian o se callan: hacer visible las acciones del poder y ejercer su crítica.

Felizmente, un sector de la masa crítica del campo de las humanidades tiene las cosas bien claras y provoca pensamiento crítico, genera cuestionamientos, abre preguntas e instala el diálogo y la discusión. No pierden su verdadero norte, el que les da un sentido. Nos dicen, en cierto modo, que mientras existan sensibilidades, miradas y juicios, podremos pensar y cuestionar algunas de las cosas que vemos a nuestro alrededor y no entendemos o las consideramos injustas. En este sentido, es una linda tarea el poder difundir esas ideas más allá del ámbito universitario. En ese sentido, también, este blog -desde su hibridez intrínseca, tan latinoamericana, desde un lugar siempre incierto- se abre a esa posibilidad que advierte que el mundo de las ideas no están tan lejos, allá en el cielo, sino que deben estar imbrincadas, de todas maneras, con la realidad, la cotidianeidad, en una pregunta constante, permanente, por el sentido de las cosas.

jueves 15 de octubre de 2009

Vidas en crisis

Creo que una de las mejores formas de ir al cine es simplemente yendo sin saber nada de la película a la cual vas a entrar. La apuesta es arriesgada, es cierto. Pero a la larga, los beneficios superan con creces a las desilusiones. Todo tiene que ver no tanto con las cualidades de la película misma, sino con la actitud del espectador que se deja llevar como un niño por un parque de imágenes. De este modo, estas vienen sin apuro, plácidamente, a los ojos de un receptor que no tiene ningún horizonte de expectativas. Me explico: a un receptor que se configura como puramente receptor. Así, todo llega limpio, sin contaminación, sin prejuicios: el sueño de los fenomenólogos.

Este criterio lo he intentado defender ante diversos oponentes usando un argumento que creo infalible: nadie olvida con facilidad una película que se empezó a ver porque sí, como si nada, casi aburrido y que terminaste de ver incluso a veces sin saber su nombre ni el nombre de los actores. Por un solo motivo: porque por alguna oscura razón te magnetiza y te hace concentrarte en ella. Quedas tan enganchado que debes terminar de verla y, sobre todo, la quieres comentar con los demás. La primera vez que me pasó esto era un estudiante secundario. Y sucedió que un día de semana me pilló por Megavisión una película sobre la vida de unos niños de un pueblo italiano que iban a una escuela en donde se burlaban de los profesores, se masturbaban en grupo, acechaban a una loca, las familias se peleaban a gritos y un tío loco se subía a un árbol gritando a todo el mundo que quería una mujer. Uno de los chicos, en tanto, se enfermaba después de haber sido acosado por la dueña de una tabaquería por culpa de sus senos gigantes. Al final de la película supe que esta se llamaba Amarcord y que el director era Federico Fellini. Al día siguiente no jugué la tradicional pichanga del primer recreo, sino que se la conté emocionado a un compañero mientras caminábamos alrededor de la pista atlética. Tiempo después decubriría que amarcord en dialecto italiano significa "Yo recuerdo". A partir de entonces se convirtió en una palabra que me acompañaría por siempre, casi intuitivamente. Luego, vería muchas películas más de Fellini y escribiría mi primer ensayo (literalmente, un intento) sobre su obra. Así resultó mi primer descubrimiento cinéfilo y la fórmula volvió a repetirse muchas veces, entregando, casi siempre, impecables regalos frente a la pantalla.

Con este método fui al cine a ver una película chilena: Turistas. Mis únicos conocimientos eran: que actuaba Aline Kuppenheim, una mujer que me parece una buena actriz y que había visto en la última película de Andrés Wood; que actuaba un joven de apellido Noguera, lo que me hacía suponer que era hijo del connotado actor ya geriátrico y, por lo tanto, cierta garantía de buena actuación; que la directora era una mujer y que esta era su segunda película después de haber hecho Play, película que no he visto y que, después de esta, por cierto me gustaría ver. Después de la película descubrí varias cosas, algunas de las cuales comentaré acá. Una, quizás menos relevante y más anecdótica que nada, tiene que ver con la canción que la protagonista intenta recordar todo el tiempo y que hablaba de la vanidad y que resultó ser un tema de la banda Los muebles, del desaparecido poeta-niño-encanecido Santiago Barcaza.

Los personajes de esta película son sujetos que viven en crisis. Como que la vida los sobrepasa y los hace huérfanos. Me llama la atención esta situación. Últimamente, varias películas chilenas contemporáneas nos están presentando a personas que viven vidas fragmentadas, parciales, algo líquidas. Están medios perdidos en la ciudad, ahora en el campo. Algunos fingen llevar una buena vida, se inventan nombres y una historia como el noruego de esta película. Otros no soportan el fracaso, la pérdida. Me parecen películas -pienso en La buena vida, en Toni Manero, en La nana, por ejemplo- que hablan desde cierta desesperación ahogada y nos presentan un Chile en donde el esplendor parece solo de superficie. Los dramas personales tienen que ver con la soledad, con la incapacidad de comunicarse y darse a entender al otro, con vidas mentirosas, insatisfechas a veces por razones difíciles de entender, pero también con el humor ácido tan propio de nuestra ideosincracia. Se trata de vidas -y aquí funciona la metáfora- que andan de paseo, como turistas, pero sin asentamiento fijo, sin domicilio ni morada habitable. Su mundo, en cambio, el exterior, es a veces amenazante, a veces complejo y en otros momentos extremadamente simple, tan simple que no se alcanza a disfrutar por su invisibilidad. Estas películas que tienen algo de sociológicas terminan por gustarme porque nos muestran un corte, un punto de vista, en relación a cosas que vemos y vivimos a diario en un país como este, tan poco dado a mirarse al espejo.

Quisiera destacar de esta película, por último, lo bien que está hecha, su ritmo de narración que entrega a veces pequeños guiños al cine de Antonioni o al de Sofía Coppola, una banda sonora muy sugestiva, cierto grado de interactividad dada por el uso de lo digital dentro del marco de la pantalla y pequeñas escenas que van configurando un correlato, una vía paralela de narrar. En este caso, las imágenes asociadas a la naturaleza, las que sirven como ecorrelato como señalando que la experiencia de la modernidad y las modernizaciones también hacen ruidos amenazantes no solo en la propia vida de las personas sino que también en los pequeños santuarios naturales que sirven para vender al exterior una imagen-país llena de belleza y esplendor. Pero, volcando la mirada hacia adentro, ¿qué pasa con los habitantes de este espacio? ¿Son ellos capaces de crear sus propios santuarios? ¿Cómo está siendo la vida cotidiana de las personas cuyos rostros parecen impermeables? Creo que esta película entrega algo de eso, una pequeña ayuda para tratar de responder estas preguntas. Sin duda, tiene muchos otros elementos que son dignos de comentar, incluso algo más técnicos y profundos que este somero texto. Pero una cosa es cierta: esta película me gustó porque hizo que la quisiera comentar en este pequeño recreo y porque ayuda a mirar(se) en un espejo rodeado de los otros, los que están al lado y a veces no queremos ver ni oír. Como en las fotos que se sacan los personajes (una de ellas encabeza este texto), esta película logra reunir distintas miradas dentro de un mismo marco. En la cohabitación de ese espacio, aunque temporal y precario, se nos va algo de la vida que a veces es bueno intentar(se) explicar.

miércoles 14 de octubre de 2009

Anoche, horas después de haber ido al estadio

Terminé de escribir esta historia. Al fin. Tengo 30 años y ya me siento capaz de decir, con toda seguridad, que he podido dar un punto final.

Fue anoche. Pero antes, debo decirlo, fui al estadio. En la tarde. Sí. Allí me sacudí de algunas bajas pasiones y a la salida encontré una revista del año 62 que andaba buscando hace muchos años y que me la vendió un tipo que tenía un visible tajo en la cara. Me dio su tarjeta y me dijo que tenía muchas más en su casa. Le pregunté por una del año 40 con la formación de la U campeón que necesitaba con urgencia y me dijo que también la tenía.

No me aguanté. Lo esperé a la salida, hasta que se fuera el último hincha y lo acompañé a su casa. Hacía calor y tenía sed. Bebí muchas cervezas. De todo tipo y sabores. El tipo de la cara cortada resultó ser un gran bebedor y conversador. No me moví de mi asiento, sino que apenas para ir al baño en unas cuatro o cinco ocasiones. Lo recuerdo muy bien. Estábamos en una mesa bebiendo cerveza y fumando, fumando mucho, pues el humo también es importante a la hora de hablar. Pudo haber sido café, también, pero esta vez bebí cerveza, muchas cervezas, pues no hay nada mejor en verano que una cerveza bien helada.

Pero todo esto es quizás anecdótico. El cuento es que anoche terminé de escribir esta historia. Fue llegando de Puente Alto muy avanzada la noche. Llegó un punto en que el tipo de las revistas me pareció insoportable y decidí partir. Recorrí gran parte de la ciudad en colectivos, pues ninguno me llevaba directamente hasta mi casa. Por lo tanto, abrí y cerré tres puertas en tres esquinas distintas. Lo curioso –y esto, para comprobar que dentro de acciones aparentemente sin importancia y sin mayor conexión, es posible encontrar alguna relación-, lo curioso, decía, es que siempre me tocó ir en el asiento del medio. De esta manera, involuntariamente, varias veces me vi cruzándome con los ojos del conductor a través del espejo retrovisor.

Pero esto tampoco tiene mayor importancia. Lo rigurosamente cierto es que no encontré ninguna verdad relevante en los ojos del conductor de cualquiera de los tres colectivos que tomé. En cambio, lo que sí verdaderamente me ayudó fue la sopa que me sirvió mi esposa una vez que llegué a la casa y luego de haber caminado una media cuadra. Porqué digo esto último, algo que aparentemente no tiene mayor importancia. Pero la verdad es que sí. Sí tiene importancia. El hecho de que haya caminado media cuadra antes de llegar a mi casa dio pie a que mi esposa me sirviera una rica sopa de pollo, aún cuando ella me esperaba en bata y eso, a veces, suele ser irresistible.

Hacía frío. Ese es el punto. Y no otro. Se comprenderá, por consiguiente, que habiendo estado en la casa de un desconocido bebiendo muchas cervezas hasta el punto de no recordar cuántas, habiendo recorrido la mitad de la ciudad en tres colectivos distintos –siempre en el asiento del medio- y habiendo tenido contacto directo con un frío aire de verano, todo esto únicamente por el afán de apropiarse de una revista del año 40, resultara el hecho de que mi querida esposa –llevamos pocos años de casados- tomara la decisión de servirme una sopa.

El ejercicio del matrimonio ha llegado hasta tal punto que, sin hablarnos, ella sabía que era extremadamente importante –en ese minuto- tomarse una sopa. Esta, en todo caso, ya estaba hecha. Solo había que calentarla. Pero esto último pareciera que tampoco reviste mayor importancia. Es más, cualquiera podría apuntar que este hecho carece, en toda su dimensión, de total relevancia dentro de esta historia. Y creo, en efecto, que no dudaría en señalarle a este eventual crítico, que verdaderamente tiene toda la razón. El hecho de que la sopa ya estaba hecha y solo había que calentarla, de verdad, no tiene mayor importancia. He decidido nombrarlo aquí, en este punto de la historia, para que no se creyera que este poco perfilado personaje –mi joven esposa- rayara en la bondad y perfección extrema. Si lo dije, fue para que se advirtiera un dato no menor: si la sopa no hubiera estado hecha, mi esposa en bata no me hubiera dado nada y yo, sencillamente, hubiera ido a parar en seco a la cama y no hubiera terminado de escribir, anoche, mi historia.

Así que tanto la sopa como mi esposa en bata tienen un rol fundamental dentro de todo lo que sucedió anoche, aunque después me haya olvidado de la bata. Por qué. Porque esperando la sopa fue, sin ir más lejos, que prendí el televisor y justo –créanme, no miento, aunque parezca cuento-, justo estaba comenzando una película. Se trataba de Scarface. Con Al Pacino.

(¿Será necesario hacer esta nota? Ah, bueno, por si alguien no sabe: Scarface es la historia de un cubano anticastrista refugiado en Miami que, empezando de cero, se arma su propia vida en medio del oscuro ambiente de las bandas de narcotraficantes. Se podría decir que se trata de una apología del manoseado tema del sueño americano, del suelo de las mil oportunidades, del hazlo tú mismo, solo depende de ti. Claro que, como se trata de la mafia, con un final catastrófico).

Pues bien, a estas alturas más de alguien se estará preguntando qué tiene que ver Al Pacino con todo esto. Y la verdad es que este hipotético lector tiene, sin duda, toda la razón. Creo que yo me haría la misma pregunta.

Con toda confianza puedo señalar que anoche terminé de escribir una historia que rondaba hace mucho tiempo por mi cabeza, algo realmente relevante para mi vida de 30 años con olor a cerveza –sobre todo si me pongo a pensar en cuáles han sido los aportes que he hecho a la sociedad a lo largo de estas tres décadas de vida- y que no hubiera podido concluir si anoche, por casualidad, no hubiera visto esa película.

Qué puedo decir. Quiéralo o no, uno establece relaciones afectivas con ciertas cosas y yo, en lo que nos compete, me encariñé con la historia de Tony Montana, el mafioso de origen cubano. A veces, los nexos llegan a ser ridículos. Tony –me permito llamarlo por su nombre- tenía una cicatriz en la cara igual que el tipo de las revistas a la salida del estadio; yo, tengo una en el estómago y otra en un brazo. Tony estaba empezando algo grande, como ellos dicen; yo estaba terminando algo grande. Por lo tanto, no podía dejar de sentirme cercano a este personaje. Sin dejar lugar a dudas, puedo señalar que haber visto anoche Scarface tomando una sopa de pollo servida por mi esposa resultó vital para poder concluir mi historia.

Fue anoche. Al fin. Tengo 30 años y ya me siento capaz, qué duda cabe, de dar un punto final a mi historia. La historia de un hombre de 30 años que colecciona revistas Estadio de hace 30 o más años y que busca por todas partes aquellas tapas donde salen las formaciones de los equipos de la Universidad de Chile los años que salió campeón. La historia de un hombre que compra una revista del año 62 a la salida del estadio, se hace amigo del librero que vive en Puente Alto y tiene en su casa una Estadio del año 40 con la formación del primer equipo de la U que salió campeón. La historia de un hombre que logra completar su colección después de años de búsqueda, que tiene un tajo en la cara del estómago, le gusta fumar, conversar y tomar cerveza al mismo tiempo que se da el lujo de escribir una historia. Pero, en fin, esto, definitivamente, es otra cosa. Ya no tiene mayor importancia. Tal vez lo importante radique en la sopa de pollo.

martes 6 de octubre de 2009

Santa Laura: santuario futbolero

"Amo a Santa Laura, no lo comparo con ningún otro del mundo, aunque los otros sean suntuosos, grandiosos y eso. Y lo amo porque es acogedor y querendón, porque allí el fútbol se paladea mejor y resulta más sabroso. Y lo amo por su tradición y por todo lo que ha hecho y sigue haciendo por el aporreado fútbol de mi tierra".
Renato González, Mr. Huifa.

"Tarde o temprano, Santa Laura irá engrosando los recuerdos y las añoranzas de un pretérito imborrable. Todavía quedan vestigios del antiguo frontón y la pelota vasca, de la bolera para goce de los asturianos, de las canchas de tenis por el ingreso a la galería norte. La piscina, en cambio, dio lugar a un amplio estacionamiento para automóviles. La metamorfosis grafica el cambio de épocas y por ende el cuadro costumbrista".
Julio Martínez.

El jueves 1 de octubre visitamos Santa Laura el Sapo, Enzo, Mauro y yo para presenciar el partido entre Unión Española y Vélez Sarsfield. El Sapo, viejo amigo de infancia, alguna vez me regaló una pelota de fútbol; con Enzo, un querido amigo argentino hincha de Boca, a veces ensayamos ridículamente algo de tenis; Mauricio Márquez, en cambio, es el autor de las fotografías que acompañan esta crónica y se animó a ilustrar esta página aportando desde su propio punto de vista: desde el lente de la cámara. Sin embargo, como fanáticos del fútbol que somos, de alguna forma los cuatro escribimos esta pequeña historia.


Las calles del barrio, sumergidas en una semipenumbra de barco apenas iluminado por la luna, descansan bajo los ancianos faroles de la misma forma que lo hace un señor apoyado en una pared -formalmente vestido, sesenta años, impecable chaqueta, chaleco y camisa, más un sombrero café de otra época- con la mirada algo perdida y apagada, no sabemos si está ebrio o es un fantasma que viene del Cementerio General a saludarnos.

Algunas personas van a comprar a la botillería algo para calentar la noche, mientras algunas mujeres solitarias en las puertas de sus casas miran para afuera aquella nebulosa que no forma parte ni tiene que ver con lo que, suponemos, está adentro: la casa ordenada a la hora del té previo a la telenovela, antes de cerrar los postigos, antes de dejar colgado en la cocina el paño que seca la loza y deja descansar por una noche más a la vieja cocina, compañera de silencios.

En los alrededores del estadio la gente camina sin apuro. Se trata de un partido por los octavos de final de la Copa Sudamericana, pero el hincha de Unión es, por naturaleza, doméstico, apacible, sin aspavientos. Les muestro a los muchachos la casa de mis sueños: aquella cuyo patio trasero da a la cancha dos de Santa Laura, donde alguna vez siendo adolescente jugué un partido de prueba pensando ilusamente que podría llegar a ser futbolista. Esa casa donde tal vez muchos de nosotros debimos haber nacido, esa casa en donde pasaron su infancia y juventud los amigos italianos de uno de mis hermanos. Alguna vez viví cerca de un estadio, muy cerca, a solo cinco minutos a pie y puedo señalar con certeza, pese a lo que dicen algunos vecinos asustados de otros estadios santiaguinos, que es el mejor barrio posible para vivir: el lugar donde cada cierto tiempo la gente se junta solo por pasión, gusto y amor por el deporte. Algo difícil de explicar, es verdad, pero que tiene relación con la nobleza y la fraternidad. En los barrios que circundan los estadios se esconden miles de historias y ruidos lejanos de gente que ha ido a una cancha de fútbol a vivir un simple, pero apasionado momento de distracción o, quizás, la gloria que no se vive de modo cotidiano. En estos lugares, un aire a experiencia de la temporalidad deja su huella en las paredes y fija en la memoria un recuerdo indeleble.

Los árboles, la gente y las casas que circundan Santa Laura parecieran hablarnos de otra época: de un barrio tradicional de Santiago de Chile que ha logrado sobrevivir a la retroexcavadora animalesca de las modernizaciones urbanas, un barrio que nació y creció en torno a la hípica y el fútbol y que se define a sí misma por esa condición (antiguamente, por estas calles estuvieron también las canchas propias de la UC y de Audax y viven en ellas muchos ex futbolistas). Por eso, aquí todo parece eterno y es el mismo de hace ochenta años el grito del vendedor de banderas como el de la vendedora de maní. La manera de jugar al fútbol ha cambiado, la manera de ver el fútbol ha cambiado, algunos hinchas son particularmente molestos por su excesiva agresividad, pero el de Unión parece el mismo de siempre, el que nos habla de cierta civilidad, pero al mismo tiempo de una cierta negativa quietud, que no transmite la pasión necesaria para que su equipo ponga en la cancha la mística que a veces se necesita para ganar los partidos.

Ubicados en algún sector de la Galería Honorino Landa, donde se ubica la parcialidad local, algunos cumplen con uno de los ritos santalaurescos: golpear con los talones el latón que cubre el espacio entre el asiento y los pies, simulando algo así como un temblor, en la expresión más genuina e infantil que puede haber en el hincha del fútbol chileno. En el sector del frente, en cambio, un respetable grupo de seguidores de Vélez llenan de lienzos los espacios vacíos y hacen sentir su presencia con el caractaerístico cantito trasandino, aquel de acento lento y afinado, pero que se escucha con fuerza en algunas ocasiones.

Nuestro fotógrafo, en tanto, se pasea por diversos lugares tratando de captar algo propio del ambiente: generaciones de hinchas hispanos (abuelo-padre-nieto), las vendedoras de sandwichs de carne mechada, las banderas rojas y amarillas, la salida del equipo. Pronto va a comenzar el partido y ya hay cierto ambiente copero.

En el primer tiempo, la Unión sorprende con buen fútbol y dos aciertos que lo dejan al borde de la clasificación. Pero Vélez nunca renuncia a la paciencia y ayudado por el tempranero descuento comenzando el segundo tiempo, se vuelca con toque hacia el arco de Limenza hasta encontrar, en los minutos finales, el gol que les permite pasar a la siguiente ronda. Recién entonces el elenco hispano logra despertar de su largo letargo, que hizo que pasaran todo el segundo tiempo en su propio campo, muy lejos de lo mejor que saben hacer: tener la pelota y hacerla rotar, como hace siete días en el Amalfitani, como en todo el Apertura 09 que valió un subcampeonato. La Unión termina pagando su adormecimiento con una eliminación tan justa como inesperada. Esta aparente contradicción tiene una única explicación: los errores defensivos y las desconcentraciones en los últimos minutos de juego, algo que en estas instancias se paga demasiado caro. La Unión hizo ver por momentos muy mal al último campeón argentino, pero fue incapaz de abrochar una clasificación por su inexperiencia y su falta de jerarquía necesaria para estos partidos. Vélez, de la mano de Caruso, el banquero que dio vuelta la tortilla, vuelve al otro lado de la cordillera junto a su bullanguera hinchada, como sobrevivientes de un duro duelo de 180 minutos del cual se levantaron estando en el suelo.

Con el fatal destino encarnado en el pito del árbitro, los hinchas rojos poco a poco se retiran del recinto cabizbajos, decepcionados, profiriendo insultos hacia su entrenador, aún no creyendo cómo su equipo regaló los dos partidos. Nosotros, en tanto, también nos retiramos tratando de encontrar una explicación futbolística para este resultado y apreciamos cómo la noche de primavera santiaguina de pronto parece más oscura y el barrio algo más melancólico. Santa Laura queda bajo una penumbra triste y solo los hinchas velezanos disfrutan. Nosotros, en cambio, nos contagiamos con el pesar general y parecemos un hincha derrotado más, silenciosos, tímidos, avergonzados.

jueves 1 de octubre de 2009

Aún es tiempo de soñar

La U gana al Inter de Porto Alegre por la Copa Sudamericana. Repito: al Inter, el campeón de la última edición, el equipo que ganó en la final del 2008 a Estudiantes de La Plata, que después sería el campeón de la Libertadores 2009. Y gana con autoridad. 1-0. Con gol del uruguayo Olivera. ¿De qué manera? Como siempre: centro de Montilla, gol de cabeza, esquinado, abajo, donde la estirada de los arqueros siempre resultan inútiles.

La U pasa a cuartos de final de la Sudamericana 2009 eliminando a un equipo brasileño. 1-1 en Porto Alegre. 1-0 en Santa Laura. Antes, había sido el turno de los colombianos de Deportivo Cali: 2-1 en el Nacional; 1-0 en el mítico Pascual Guerrero. La U cumple su tercera mejor campaña internacional en su historia y se mete entre los ocho mejores de América. Y lo hace jugando bien. Lo hace con autoridad. Con un fútbol que da para soñar.

Ya en la Libertadores 2009 se habían realizado buenos partidos: triunfos ante Pachuca, Boyacá Chicó y Aurora de Bolivia dos veces, empate y derrota ante Gremio, y pérdidas consecutivas ante Cruzeiro, a la postre subcampeón, por los octavos de final. La impresión había sido buena y permitió que los hinchas azules se ilusionaran con conseguir, al fin, un título internacional. El primer semestre se ganó el Apertura chileno -con gol de Olivera- después de cinco años y, ahora, nuevamente la ilusión se apodera en el ruedo internacional.

La U gana al Inter de Porto Alegre con un primer tiempo brillante, adueñándose de la pelota, haciéndola circular, creando peligro y convirtiendo en el arco contrario. Haciendo ver mal al último campeón. El segundo tiempo es más para sufrir, al estilo de este club, pero aún así por largos pasajes la U vuelve a tener la pelota y vuelve a crear peligro. Inter presiona hasta el final, pero no alcanza. En los descuentos, sabiendo que ya está todo cocinado, el público estalla en un cántico alegre y con el pitazo final agradece con aplausos por una noche más de ilusión.

Copa Sudamericana, copa internacional. La U pone en lo alto su nombre y espera seguir luchando, seguramente ante otro brasileño, Fluminense, el subcampeón de la Libertadores 2008. Otra copa internacional. La U juega bien e ilusiona. Porque hay equipo, porque hay hambre de gloria, porque su tremenda hinchada se lo merece, aún es tiempo de soñar en este lindo 2009, donde el azul ha vuelto a reverdecer laureles olvidados. Como en 1970. Como en 1996. Jugando un fútbol convincente. Haciendo soñar.

sábado 26 de septiembre de 2009

La galería de los baisanos

Tarde de sábado. Fútbol en Santa Laura. Palestino saliendo del inhóspito recinto de La Cisterna para recibir al puntero invicto del fútbol chileno, Universidad Católica. Tarde ideal para seguir la racha positiva de los tricolores tras la llegada del Mortero Aravena a la banca y para analizar el fútbol que propone el Fantasma Figueroa en los cruzados. También, como diría Eduardo Galeano, para ir de mendigo buscando una jugada exultante de talento.

Tras haber llegado con tiempo, me ubico tranquilamente en la galería local, todavía desierta, salvo cuatro o cinco fanáticos que comienzan a desplegar lienzos verdes, blancos y rojos. Hago lo que todo hincha que visita Santa Laura debe hacer: subo hasta el último peldaño y miro el norte de la ciudad que se me entrega hasta su último confín, verde, ventolero, nítido y montañesco. La tarde está helada, con nubosidad total, pero el día es hermoso: como pocas veces en el año, el Valle de Santiago está barrido y reluce de cordillera a cordillera.

Cuando los equipos comienzan a hacer su trabajo precompetitivo, hago lo que todo hincha que visita Santa Laura debe hacer: acercarse a la reja y ver de cerca los gestos, las palabras que se intercambian, las instrucciones de los preparadores físicos. Mientras la galería del frente poco a poco se va tiñendo de azul y blanco, en la galería de los baisanos los personajes son más solitarios y silenciosos, pero no menos apasionados. Llegan a ser unos doscientos a trescientos, algunos con paraguas tricolores, otros con la polera del equipo, algunos con los típicos pañuelos blancos que se ponen los árabes al cuello o en la cabeza y otros con banderas de un país inexistente físicamente, pero muy presente, siempre, en la memoria: Palestina, el país pisoteado por el gigante monstruo israelí.

Muchos de estos hinchas tienen el tradicional rostro del árabe que alguna vez llegó a nuestro país en busca de un lugar donde desarrolarse. Otros parecen más chilenizados, quizás fieles vestigios de otra época, donde los triunfos eran más abundantes que las derrotas. Bajando las escalinatas veo a un señor de edad avanzada que tiene en su mano una especie de pudú o cervatillo de madera, de unos cincuenta a sesenta centímetros de largo, que francamente no sé qué significa y en cuyo cuello cuelga un viejo banderín tricolor con las únicas dos estrellas que tiene a su haber el club, la última de ellas conseguida hace ya más de treinta años. Y un poco más allá un joven papá junto a su hijo de no más de diez años, a quien inicialmente le había comprado una bandera de la UC, pero que al darse cuenta de que estaba en el lugar equivocado, la fue a cambiar por una de la parcialidad local. Mientras tanto, por los parlantes suena música tradicional del medio oriente y, de pronto, uno de los himnos futboleros de Los Miserables, cuyo vocalista es reconocido hincha palestinista.

A la hora en que comienza el partido, termino por hacer lo que todo hincha que visita alguna vez Santa Laura debe hacer: ver el partido pegado a la reja. Palestino tiene una de las camisetas más lindas del fútbol chileno, sin embargo, juegan con una de color negro. La UC conserva su tradicional diseño y despliega un equipo lleno de figuras, que prometen este campeonato quedarse con el título. Así, resulta un gusto ver el juego de Mirosevic y de Damián Díaz. Por el lado de Palestino, el talentoso es Luis Nuñez, pero su prominente estómago explica por qué ya no figura en las páginas estelares. El partido es estudiado, de mucho toque; con un equipo que propone, porque es el puntero, pero que no manifiesta profundidad y otro que también pretende adueñarse del balón, hacerlo rotar y crear peligro. 0-0 el primer tiempo con la sensación de que Palestino ha neutralizado muy bien al rival, incluso con oportunidades claras de gol. El segundo tiempo comienza marcado por un acierto palestinista: centro por la derecha, Garcés no llega al balón y Olea cabecea con todo el arco a su disposición. 1-0 y locura árabe en la galería de los baisanos. Con este resultado, el juego transcurre la mayor parte del tiempo en el arco defendido por Rogel, con esporádicos contragolpes del rival. Y, sin embargo, pasa el tiempo y los cambios que estipula Figueroa no sirven, la UC no lo logra empatar, pese a su empuje y al aliento de sus hinchas. Llegan los descuentos y en la galería de los baisanos se respira la ansiedad porque termine pronto el encuentro. Pero la fatalidad forma parte de la manera de ser de algunos clubes. Minuto 94, uno más de los tres que se habían agregado, el juez Chandía se lleva el pito a la boca (yo no lo vi, esto me lo dijo un señor gordo vestido entero de blanco, a la salida), pero inexplicablemente no pita el final del encuentro, deja seguir una jugada de ataque cruzado, alguien tira un centro y aparece una cabeza salvadora (Gutiérrez) para sellar el empate.

Algarabía total en la galería sur: la UC sigue puntera e invicta. Desazón en la galería norte: Palestino sigue luchando por zafarse del descenso. La galería de los baisanos poco a poco se empieza a desocupar, mientras nuevamente por los parlantes comienza a sonar la música de una cultura tradicional que tanto ha influido en nuestro país y que es la misma música de un país inexistente.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Andar en tren

La Estación Central reluce temprano por la mañana por gente apurada deseosa de tomar un asiento. Busco algún vagón semivacío y descubro que están todos llenos. Faltan quince minutos para que parta el Metrotrén de las 10:00 con dirección a Rancagua. Encuentro afortunadamente un asiento en el último vagón; no deseo realizar un viaje de hora y veinte de pie, como sí deben hacerlo un montón de otras personas, la mayoría simpatizantes de la U.

Había leído hace poco Los trenes de la noche, de Jorge Teillier. Lectura frugal, experiencial y nutritiva, por cierto, que me había hecho revivir el anhelo de días, semanas de andar en tren. El libro me había hecho recordar un montón de otros viajes: campamentos, veraneos, visitas intempestivas, encuentros poéticos. Se había vuelto una necesidad espiritual. Necesitaba andar en tren. Volver a sentir el lento movimiento inicial sobre los rieles, la alegría iniciática de todo viaje, el saludo de los niños a su paso, el trajín sustancioso y apurado sobre los barrios del sur de Santiago, las ciudades vecinas, Angostura, el Valle de Rancagua. Necesitaba volver a respirar el aire moribundo de los andenes y observar a los vagabundos que rondan las estaciones. Subir rápido casi por la ventana cargado de bolsos para un largo viaje a Puerto Montt con apenas el pasaje de vuelta en los bolsillos. Acordarse de las hawaianas quemadas por el fierro caliente de las ruedas un verano en la estación de Rengo. Volver a conversar en el oscuro bar cercano a la estación de Graneros. Bajarse en Lautaro una madrugada de bruma, humo y hielo en busca del Hotel de France. Hablar de poesía las cinco horas de viaje en el rápido a Chillán. Compartir algún vicio en el descanso de los vagones.

Es mediodía en Rancagua la víspera de un 18 de septiembre. Se sienten a lo lejos los bailes nacionales en los liceos, las niñas andan vestidas como chinitas y los niños de traje huaso. Olor a empanadas, a carne asada. La cueca estridente y repetitiva que sale de un nervioso parlante. Hace frío, está nublado. Poco a poco el centro de la ciudad se va despoblando. Queda mucho rato para el partido con O'Higgins. Soy el único hincha que en la víspera de un partido va a un museo. Hago hora en el Museo Regional de Rancagua. Van a cerrar, pero me permiten entrar igual. Revivo la Batalla de Rancagua en una maqueta que apenas reproduce las cuatro entradas a la plaza principal, las cuatro entradas de las trincheras independentistas. Por enésima vez veo recreado un salón de hace doscientos años con una niña que me habla de las tertulias y de los cuadros colgados en la pared, de Onofre Jarpa, de Pedro Lira, de Valenzuela Puelma. Una pequeña sala da espacio al arte moderno, en donde relucen decenas de patas de maniquíes pintadas a la moda ochentera. En veinte minutos termina mi espacio cultural. Es el único museo de la ciudad y me parece pobre para estar enclavado en la "histórica ciudad", como decía siempre el corresponsal de Radio Cooperativa, cuyo nombre siempre recordé junto a una sonrisa y hoy no recuerdo.

Ubicado en la tribuna Andes del Estadio El Teniente pienso en cómo es posible que este estadio haya sido sede de un Campeonato Mundial de Fútbol, sobre todo si comparamos con los tremendos estadios que existen en otras latitudes. Este recinto, en un 75% de madera y una galería de cemento -donde se ubica la parcialidad local, pretenciosamente autodenominada "Capo de Provincia"-, es esencialmente el mismo de hace cuarenta y siete años, cuando pertenecía a la Braden Company, hoy Codelco. Me ubico bajo las míticas casetas de esta tribuna que siempre me llamaron la atención, pensando en quiénes serían los personajes extraños que las habitarían, sobre todo si los periodistas y transmisores radiales acostumbran situarse en la tribuna del frente, y descubro con asombro que entre las vigas del techo las palomas suelen reunirse a cantar y relajar sus esfínteres. Imposible sentirse amenazado todo el tiempo por la posibilidad de una lluvia ácida, así que termino ubicándome en quizás la mejor posición: de pie, en la última fila, con medio cuerpo hacia la cancha y medio cuerpo hacia la calle, en donde se ve a todos los que corren para entrar a la hora como a los que no tuvieron plata y se quedan vagando por los alrededores. A la hora del partido se siente una agradable brisa primaveral y de pronto el sol promete entibiar la tarde, aunque con reparos. La galería del Romántico Viajero, como siempre, rebosa de entusiasmo y alegría, no cabe un alma más en ese sector.

El partido es de ida y vuelta, con posibilidades en ambos lados, aunque con la sensación de que los celestes son justos ganadores de la primera facción. En la segunda parte, los azules son superiores, logran equiparar el juego y casi lo terminan ganando. El lance finaliza empatado y creo que nadie se va conforme con el resultado. Pese a todo, ha sido un partido que ha cumplido con cierta expectativa, aunque cuando se trata de andar en tren, esto da un poco lo mismo. No alcanzo a tomar el tren de las cinco y debo esperar el de las seis, llenando los pulmones del aire apaciguado de los andenes. El anden se repleta de hinchas que quieren volver a la capital. Cuando el tren aparece con veinte minutos de retraso, la subida se vuelve algo caótica y algunos carabineros intentan poner algo de orden. Algunos truhanes saltan una pandereta y se cuelan en un vagón. Todo trascurre en calma, solo que tendremos que viajar de pie, un poco apretados. Mejor esperar el tren de las seis y media, lo que resulta una gran decisión, porque este se va vacío, lo que asegura un tranquilo regreso pegado a una ventana mientras la luz poco a poco se vuelve difusa dejando pasar la noche.

Al llegar a la Estación Central, hay mucha más gente que en la mañana, muchos quieren volver rápidamente a sus casas, hay filas para adquirir un boleto hacia el Sur y filas en la entrada del Metro. Es víspera de 18 y también hay los que quieren inaugurar una fonda. En mi caso, algo cansado por el viaje de todo un día, me siento satisfecho de haber vuelto a tomar un tren. Y aunque todavía están las ganas de un largo viaje hacia el sur, pienso en los niños que ya no cantan ni juegan en las calles, nosotros, los que siempre quisimos andar en tren, que de algún modo siempre tuvimos la razón, cuando sin saberlo, cantábamos: "Andar en tren / es de lo mejor..."