jueves, 7 de junio de 2012
Yo sé que ella siempre está conmigo
jueves, 15 de diciembre de 2011
Brindemos camaradas

viernes, 8 de julio de 2011
El tesoro de calle Marín
Los poemas del Pachi
miércoles, 29 de junio de 2011
El fútbol por quince minutos
Hubo un tiempo en que siendo estudiante secundario y luego universitario había que ingeniárselas para ir al estadio a ver a la U. Trabajar, juntar monedas en la semana, adueñarse misteriosamente del vuelto del pan, hurgar en la ropa de los trabajadores de la casa en busca de un billetito milagroso y, como último recurso, pedir plata a las afueras del estadio eran las estrategias habituales para no fallar domingo a domingo. Sin embargo, el pedir monedas para obtener una entrada nunca fue algo muy agradable y muchas veces lo hacía para completar lo que había reunido en la semana. Tenía que ver, eso sí, con una necesidad obsesiva de estar siempre adentro, en medio de la galería, de manera fiel, religiosamente, sin poder fallar nunca. Si por algún motivo no podía estar un domingo en medio de la barra, me sentía culpable, el peor hincha de todos, el pusilánime y sin aguante. Sin embargo, pese a descubrir que los réditos a veces eran abundantes y que incluso me quedaba, en ocasiones, dinero para los almuerzos de la semana, pedir dinero a los otros hinchas azules nunca fue cómodo. Más bien lo hacía de manera avergonzada, como escondiéndome un poco. lunes, 30 de mayo de 2011
El día que mi padre me llevó al estadio a ver a la U

El día que mi padre me llevó al estadio a ver a la U la primera visión fue de impacto. Subir las escaleras a paso firme y desembocar en una de las tantas puertas y encontrarse con ochenta mil personas de un solo golpe es algo que un niño de nueve años no olvida jamás. Pero esa sensación rápidamente se traspasó a una dominada por el sentirse superado en número. Ver todas esas banderas blancas ocupando al menos el 75% del estadio, incluida gran parte de la galería sur, desde el Tablero Marcador hasta la Marquesina, no dejó de ser un hecho que me hizo ver que mi equipo, si bien sabía era importante en calidad y en seguidores, no dejaba de ser uno más del montón comparado con ese tremendo respaldo popular del cual gozaba Colo Colo. Hoy, milagrosamente (en un proceso que se empezó a dar rápidamente a fines de los ochenta y comienzos de los noventa), esa brecha se ha disminuido y hasta dado vuelta: la U es, desde hace años, el equipo que lleva más gente a las canchas, bordeando, en promedio, las veinte mil personas por cada partido de local.
El día que mi padre me llevó al estadio a ver a la U el clima era agradable, aún no hacía frío y la ciudad se veía linda desde arriba. Ese día, también, como toda primera vez, se caracterizará por siempre por ser uno sobre el cual se tienen determinados y absurdos recuerdos, afines a la mente de un niño. Veamos. Ganó Colo Colo 2x1 y el segundo gol lo hizo Carlos Caszely. Mi padre reclamó airadamente offside, pero el árbitro no lo escuchó. A mí también me pareció, pero aún así mi equipo se veía superado en la cancha y creía que perderíamos igual asumiendo, sin saber por qué, un pesimismo que continuaría por años. Y así fue. La U perdió como tantas veces en esos años. Pero había un partido de fondo. Un amistoso. Jugaban Chile y Perú. Entre otros, con Patricio Yáñez y Teófilo Cubillos en cancha. En el papel, condimentaba con palabras mayúsculas la jornada doble programada para ese día otoñal. Pero el partido había perdido todo interés para la parcialidad azul, entristecida y rumiante aún por la forma en que se perdió, lo que hizo que algunos comenzaran a armar barullo. Nosotros estábamos sentados bien arriba y un tipo que estaba al lado nuestro tiró una manzana o algo así para abajo, a la altura de donde se ponía el Chuncho Martínez y el grupo que organizaba la Barra Oficial, y el sujeto al que le llegó no hizo mejor cosa que subir y pegarle un tremendo combazo al tipo que estaba justo al lado nuestro. Asustados, toda esa fila terminó siendo violentada también, porque el sujeto que recibió el golpe no se quedó con chicas y respondió, generando movimientos bruscos y espaldarazo de por medio de uno de los combatientes contra mi pequeña espalda pasada a llevar. Algo así como un pancorazo, pero de espalda grande contra espalda chica. Mi padre ya había refunfuñado bastante y nos dijo que ya era hora de irse. De hecho, mucha gente se había ido apenas terminado el primer partido y, poco a poco, durante todo el segundo encuentro. Pero creo haber sido yo el que le rogó que nos quedáramos un poco más. Para mal. Ya que a los pocos minutos de esta gresca, comenzó una tímida lluvia de proyectiles de arriba a abajo y viceversa que hizo que la situación se hiciera rápidamente insostenible. Desde todos los tipos de frutas de la estación hasta sandwiches y envases de yogurt. El partido de la Roja, hace rato, había pasado a segundo plano. En esas circunstancias, fue natural que alguno de esos ridículos proyectiles poco contundentes llegara hasta nuestro entorno inmediato. Y así fue. A mi padre le llegó un pedazo de papa en la pelada y a mí una bolsa chica cuyo contenido es indescriptible y que siempre expliqué de una sola forma: como a las pocas semanas se desencadenó en mi escuela una plaga de piojos y liendres y fuimos unos ocho los que tuvimos que usar Lindano, para mí, estaba seguro, aquel proyectil que cayó suave sobre mi pelo no fue otra cosa que una bolsa de piojos. Entonces mi padre dijo basta. Cigarro en mano, irritado, exclamó: "Chicos, nos vamos. No vuelvo nunca más al estadio". Y nunca más volvió.
El día que mi padre me llevó al estadio a ver la U fue la única y última vez que fui con mi padre. Once años después, cuando los azules llegaron a semifinales de Copa Libertadores contra River Plate estuve una semana tratándolo de convencer de que volviera a las canchas. Pero no quiso. Un no era un no y ya no había nada más que hacer. Había sido testigo del Ballet Azul, de los difíciles años '70 y '80 y ya parecía suficiente. Mi padre era hombre de palabra. Hace unos días llevé a mi hijo al estadio a ver a la U por primera vez. No lo va a recordar, porque es muy pequeño, pero estaré yo para refrescarle la memoria. Además, estoy seguro de que volveremos varias veces en el futuro. Es algo demasiado importante como para que ocurra solo una vez. Solo así, cuando tenga voz, podrá construir su propio relato de la primera vez que su padre lo llevó a ver a la U.
viernes, 11 de marzo de 2011
El Parque San Borja de cinco a siete

lunes, 7 de marzo de 2011
El coleccionista de datos inútiles
Tengo listas para regalar. De los bares que he visitado. De los libros que he leído. De las películas que he disfrutado. Y otras tantas que no me atrevo a revelar. En ocasiones, las conversaciones que más disfruto son aquellas en que se comparten este tipo de listas. Alguna fascinante salivación se activa y la conversación agarra una espiral única, irrepetible, solo dada en contadas ocasiones con algún par. No me atrevo a calificar las listas de otros, pero algunas son más enfermas que las mías. De eso creo estar seguro. Por lo pronto, de todas estas listas inútiles, las que más me gustan son aquellas que tienen menos sentido, aquellas que reúnen más datos evanescentes: en lo que concierne a mi persona, todos los partidos que vi alguna vez en un estadio y todos los jugadores que pisaron la cancha las veces que contaron con mi presencia en las tribunas. miércoles, 19 de enero de 2011
El gran lector

Esos juguetes olvidados
Es cierto que hablar a veces de infancia implica un cierto grado de nostalgia. Pero no es este sentimiento -que, como dice Tolstoi, tal vez tenga relación con aquello que jamás ha verdaderamente sucedido- el que convocamos acá para escribir estas palabras. Queremos hablar de nuestras infancia elusivas y fantasmales, aquellas que apenas se dejan ver y que son imposibles de recrear, en relación a un libro que anda circulando por aquí -así como también en Argentina otro de características similares (ver Revista Ñ)- y que habla de la historia de la industria nacional de juguetes durante cien años, que son casi los mismos de su existencia.domingo, 26 de diciembre de 2010
El damasco

viernes, 10 de diciembre de 2010
La feria de San Camilo

miércoles, 17 de noviembre de 2010
La última lección
El fútbol chileno se vuelve a vestir de luto. Como tantas veces. Pero esta vez, todo de manera distinta. Celebrando los 100 años de la Selección Nacional, con un Monumental repleto de público, con un equipo jugando a gran nivel los primeros veinte minutos y gran parte del resto del partido, pero con la sensación de estar asistiendo a una despedida. No solo la de Marcelo Bielsa, el técnico que cambió el juego timorato, tibio, lento y plano del jugador chileno por uno agresivo, dinámico y ofensivo. Sino que también la de una manera de vivir el fútbol y la vida. Más allá de los 50 juegos oficiales a su cargo, desde que asumiera la banca una fría mañana de entrenamiento en unas canchas cercanas al aeropuerto de Pudahuel, hace ya tres años. Más allá de las enconadas elecciones dirigenciales que han precipitado su renuncia, pese a tener contrato vigente por cinco años más.lunes, 25 de octubre de 2010
Diario de un viaje a California VIII
Efectos personales del escritorio de Charles Bukowski
Llegamos a la Huntington Library casi por casualidad y nos encontramos con toda una locura allá adentro. Lucía nos había dicho que allí estaba La Biblia impresa por Gutenberg. Y en efecto, allí estaba, no la primera edición, pero seguro una de las primeras, de 1450-1460. Es decir, uno de los ejemplos vivos de la historia de la imprenta, el libro por el que se ha pagado más en la Gran Historia del Libro: 50.000 palos de los años veinte. Pero el asunto no se quedaba ahí. Encontraríamos, además, otra serie de joyitas librescas como la primera edición de los Cuentos de Canterbury, algunas de William Shakespeare y Marlowe, primeras ediciones y cartas de científicos como Kepler, Galilei, Copérnico, Einstein y toda una serie de libros raros extraídos de una bodega similar a la de un banco, a la que nadie puede acceder, y cuyas muestran se exhiben para captar la admiración del vulgo: libros antiguos de medicina, de astronomía y física, de geografía, historia y agricultura, grabados y láminas de flora y fauna, una colección de las primeras ampolletas eléctricas de la historia y en un rincón, 250 ejemplares distintos, primeras, segundas y terceras ediciones en diferentes idiomas, del mismo libro: El origen de las especies, de Charles Darwin. Todo, perteneciente a la colección privada de un excéntrico y millonario norteamericano que murió a comienzos del s. XX, y a quien Estados Unidos le debe, entre otras cosas, la construcción del ferrocarril que atraviesa el país de este a oeste. Su nombre: Henry Huntington.
250 ejemplares de El origen de las especies
Entre esas otras cosas está su quinta de agrado en San Marino, California, en medio de un acomodado suburbio de la ciudad de Los Ángeles, convertida en museo y parque por sus amplios jardines de todo tipo (chinos, japoneses, para niños, tropicales, todo lo que se pueda imaginar) y sala de exposiciones itinerantes. “Es fabuloso” –había dicho la Lucia-. “Es un bonito paseo. Tienen que ir”. Y fuimos. Hora y media en auto desde Irvine evitando las multitudinarias carreteras y paseando por los pueblos-ciudades-suburbios de la grande Babilón, unos pegados a otros como trencito, suburbios conquistados por chinos, suburbios conquistados por mexicanos, suburbios para lo que queda de norteamericanos: Tustin, Orange, Anaheim, La Mirada, Whittier, El Monte, Rosemead, Alhambra, San Marino, Pasadena. Unos pegados a otros en un interminable tour de casitas con porche, antejardín e interminables centros comerciales, de esos que se anuncian desde torrecitas en sus esquinas, como en las películas, siempre desde lo alto, sobresaliendo del extenso plano urbano de casas de dos pisos.
Y fue fabuloso. Tan fabuloso como el brillo del oro en las manos de este hombre. Símbolo del capital más puro, aquel que nace del negrerismo y genera tanta plusvalía que ya no se sabe en qué invertir, y del sin sentido del dinero a raudales, que de ser tan inmenso y numeroso, pierde su valor. Todo, para quien fue capaz de casarse con su tía para preservar aún más los acaudalados bolsillos y así perpetuar su fortuna. Metáfora de un país inmensamente rico, capaz de satisfacer todos y cada uno de los caprichos de sus insignes prohombres. De la acumulación. Y de la extraordinaria locura que engendra el coleccionismo de los museos, aquello que permite brindar un espectáculo de los objetos culturales del ser humano, reunidos bajo un mismo techo para la admiración y asombro del ciudadano común y corriente que necesita llenar su estómago no solo con el refill de los coffes and beverages, sino que también algo de su culposo y empobrecido espíritu.
La Biblia, Gutenberg
La Huntington Library puede llegar a ser una visita obligada para todo espíritu libresco y para todo coleccionista enfermo de sus colecciones. Es una visita que no deja de asombrar y exaltar al más abúlico de los visitantes. Puede llegar a generar incluso algo de alegría. Pero por sobre todo, es llegar al alma solitaria del hombre bien vestido, rodeado de sus monedas de oro. De un hombre extraordinariamente solo en medio de su colección, en medio de su palacio, en medio de sus jardines, mientras allá afuera las multitudes salen de los malls y vuelven a sus autos para enfilar rápido en la cinta de las carreteras, con un vaso de café o bebida rellenado.
Supongo que los treinta dólares gastados en la entrada valieron la pena para llegar a este asombro. Supongo que los otros treinta dólares gastados para rellenar nuestro escuálido estómago de burgueses empobrecidos de espíritu, también valieron la pena para estar atentos, sin retorcijones, sin dolor de cabeza, sin dolor de pies. Pero pensándolo bien, más allá de toda fábula, nos quedamos con esa pequeña exposición sobre Charles Bukowski que ocupaba un rincón del imponente edificio, que me imagino debe haber sido muy bien pagada para la heredera de su obra, Linda Lee Bukowski. En ese mínimo espacio de no más de 40 metros cuadrados, los visitantes librescos nos emocionamos mucho más con las cartas, poemas y fotos de este singular poeta genuino de Estados Unidos, un ejemplar único que ahora que se está acá, se entiende que solo pudo haber escrito acá todo lo que escribió, comprendiendo, en gran parte, los motivos de su obra y los excesos de su vida en medio de una vida hecha para perderse.
Libros raros. Entrada prohibida.
Vemos las cartas y fotos que sus admiradoras le mandaban. Una, desde Australia, le manda cuatro fotos: una de su rostro, otra en bikini, entrando a una piscina, la tercera del espejo y velador de su cuarto, y la cuarta, de su cama. Otra admiradora le manda una carta-poema en donde le dice que lo admira mucho, que es un gran poeta y que al ver su rostro no cree ni una palabra de lo que se dice de su vida sexual. Pero nosotros nos quedamos, definitivamente, con la pequeña vitrina que muestra algunos de sus efectos personales habituales de su escritorio de trabajo: la vieja máquina de escribir, unas lapiceras, una copa de vino, unos lentes y una vieja radio en donde, se dice, acostumbraba escuchar música clásica mientras escribía. Aquellos efectos personales terminaron siendo la afectiva muestra que validó el viaje. Como objetos inertes aparentemente sin valor alguno, relucen por sí mismos al mostrarnos el alma del sujeto que escribe rodeado de sus enseres principales. Únicamente del sujeto que llenó su espíritu a punta de palabras vertidas con fuego, desprovisto de toda máscara. Esos mínimos objetos esconden en sí mismos cuán apreciables pueden llegar a ser las cosas cuando se relacionan afectivamente con la memoria. En una visita a un lugar tan grandioso como la Huntington Library, esos mínimos objetos terminan siendo un agradecido gesto de lo personal y único versus la grandiosidad falsa del dinero. Querencia del ser humano rodeado de sus materiales elementales, ajeno a todo afán mercantil.