viernes, 11 de marzo de 2011

El Parque San Borja de cinco a siete

El parque San Borja siempre tuvo un aire de misterio para los niños que vivíamos cerca de sus fronteras. Para empezar, se trataba de un barrio distinto al nuestro. Para nosotros, resultaba más natural la cercanía del Parque Bustamante para descargar allí las horas somnolientas de la tarde, ir a cazar alguna mariposa, mover una pelota o simplemente divertirse conjuntamente con el chirrido del columpio en magnífico movimiento. Las amenazas de nuestra abuelita, además, tenían un efecto disuasivo. Con la rigurosidad de quien tiene años de experiencia -el rictus severo y la voz firme- nos solía recalcar cada cierto tiempo que no le gustaban los niños callejeros, porque revelaban despreocupación por parte de la familia, porque un niño solo sin su padre o su madre era un niño abandonado, porque se aprendían malas costumbres y porque en esos lugares había gente mala que le podía hacer daño a uno. "Gente de mal vivir", solía recalcar, para referirse a todos, sin excepción, trabajadores, estudiantes, dueñas de casa, vagabundos y aquellos que pasaban sus horas de ocio tirados en el pasto.

Cuando pequeños, habrá sido unas cinco a diez veces las ocasiones que entramos a este parque cerrado por una lindas rejas metálicas, especialmente para ir a patinar, porque la losa de la pista era algo más suave que de la del Bustamante. Los otros niños que jugaban allí nos parecían seres lejanos, con costumbres difíciles de comprender y que, sin embargo, se veían relucientes en medio de su vagabundeo. Como si sus vidas ocultaran algo más completo que las que teníamos nosotros, algo más desfachatada, algo más natural. En una ocasión, fuimos los tres solos: mi hermana mayor, mi hermano chico y yo. Mi hermana hablaba con otras personas, chicos de su edad, y eso nos asustaba. Creíamos que la podrían raptar y como protagonistas de algún cuento infantil, temíamos por no saber volver a casa. Pero pronto disipamos el temor cuando mi hermana desechaba a sus pretendientes y se encontraba con una amiga, con la que pasaría un rato largo. Nosotros, en cambio, los hombres, éramos torpes con los patines y nunca, verdaderamente, lo llegamos a disfrutar. Es más, es probable que lo hayamos considerado más bien una diversión femenina que masculina, por lo que prontamente nos rendíamos y nos íbamos a sentar a alguna parte de la larga banca circular que rodeaba la pista, con el pretexto de que se nos había doblado un tobillo o nos habíamos hecho una herida en alguna rodilla. Aprovechábamos ese rato para descansar un poco comiendo un pan con mortadela y bebiendo algún beneficioso líquido, cuando ya comenzaba a caer la tarde y era prudente volver a casa, cumplir con los horarios dispuestos para así poder volver a salir otro día más allá de los linderos de nuestro barrio.

Después de años sin visitarlo, fue más común pasar por el Parque San Borja siendo ya adolescente, cursando la educación media. Casi nunca para quedarse ahí, sino que como camino obligado cuando mi hermano, estudiante de arquitectura, me pedía que le fuera a comprar algún artículo necesario para sus maquetas a la librería especializada situada en una de las torres frente a la facultad de la Chile o cuando debía ir al centro de la ciudad donde el dentista Emir Egaña, a su consulta del pasaje Cousiño, para que me arreglara alguno de los pozos que habían hecho las caries a ambos lados de la mandíbula. El dentista -amigo de mi padre- solía regalarnos, ya que atendía a toda la familia, ejemplares de las revistas institucionales del Club Deportivo Universidad de Chile, uno de mis primeros tesoros futboleros, pero todo terminó abruptamente cuando a principios de los noventa el avión peruano en que viajaba cayó al agua, matando con ello a una veintena de chilenos, entre ellos también, a su esposa y a la poeta Bárbara Délano.

Esas caminatas solían ser en la tarde, después de la extensa jornada escolar que finalizaba a las 16:20, cuando llegaba a casa y había que hacer algo de tiempo con cualquier cosa antes de ponerse a estudiar. Eran caminatas agradables que significaba disfrutar de la caída de la tarde, especialmente en otoño, con el viento que arrastraba las hojas amarillas, observar el movimiento de la gente que salía del trabajo y se dirigía a sus casas, de las parejas que se juntaban en una banca a comer y conversar, de los estudiantes universitarios que por entonces me parecían tremendamente grandes, casi adultos, con sus risas, sus ropas sueltas, la música que escuchaban y una alegría generalizada que yo catalogaba de "universitaria" en contraste con el espíritu monacal que reinaba en el colegio donde estudiaba.

El Parque San Borja de cinco a siete, con esa luz única del ocaso en cada parque, con el runruneo de las voces de los niños, con las sombras profundas de sus árboles, con las vidas imaginadas en cada uno de los departamentos de sus más de diez torres, atravesado a pie firme con un cartón corrugado bajo el brazo y con el contraste térmico agradable que producía la bajada de la temperatura conjugada con el calor del caminar y que se colaba entre la camisa y el polerón escolar como masaje de miel, era el momento de una paz y un descanso únicos entre un encierro y otro. Entre la escuela y la casa. Era el momento en que el mundo se abría y se mostraba para decirme que afuera de todo muro, por sobre los libros de estudio, la familia, el fútbol y los amigos, habían historias que comenzar y llenar, escenarios para dibujar y cientos de conversaciones pendientes sobre la realidad.

Si el paso de la infancia a la adolescencia tuviera un lugar, este sería el Parque San Borja, lo mismo que el Parque Lezama para Martín, el joven de Sobre héroes y tumbas. Un lugar protegido y abierto a la vez, concurrido y solitario, laberíntico, arrebolado, desigual y tremendamente evocador de las vicisitudes de una conciencia en tránsito. El Parque San Borja como lugar de indefinición y reflexión, inseguridad y temor, volatilidad y placer sensorial.


lunes, 7 de marzo de 2011

El coleccionista de datos inútiles

Tengo listas para regalar. De los bares que he visitado. De los libros que he leído. De las películas que he disfrutado. Y otras tantas que no me atrevo a revelar. En ocasiones, las conversaciones que más disfruto son aquellas en que se comparten este tipo de listas. Alguna fascinante salivación se activa y la conversación agarra una espiral única, irrepetible, solo dada en contadas ocasiones con algún par. No me atrevo a calificar las listas de otros, pero algunas son más enfermas que las mías. De eso creo estar seguro. Por lo pronto, de todas estas listas inútiles, las que más me gustan son aquellas que tienen menos sentido, aquellas que reúnen más datos evanescentes: en lo que concierne a mi persona, todos los partidos que vi alguna vez en un estadio y todos los jugadores que pisaron la cancha las veces que contaron con mi presencia en las tribunas.

De la primera lista, puedo asegurar que son 577 los partidos que he disfrutado en vivo y en directo, como tanto gusta señalar a mis queridos comentaristas deportivos. De primera, segunda y tercera división. Con la fecha, la hora, el público y la recaudación. El acompañante, las alineaciones, las amarillas, las rojas y, por supuesto, los nombres de quienes inflaron las redes aquella tarde gloriosa o esa agradable noche de verano. De la segunda lista, se desprende que son miles los jugadores vistos, desde los más grandes para la historia y los hinchas hasta los más modestos y anónimos. Separados por puesto, nacionalidad y camiseta defendida. Tantas veces por un club, otras cuantas por este otro. Es cierto, se trata de algo parecido a la definición de absurdo, sé que no tiene ningún sentido, pero el placer que me provoca estar sumido en estas tareas es único y no dependo de nadie. Es un verdadero placer solitario, similar al del niño que juegas horas a escondidas del mundo exterior, absorto, concentrado, con todas las horas del día libres y dispuestas solo para él. Y es cierto también que son pocos, muy pocos, los afortunados de presenciar tamaño tesoro. Como si su secretismo fuera también parte del juego placentero.

El origen de tamaña obsesión es difícil de precisar. Germinó junto con la conciencia del adolescente que comienza a descubrir el mundo y está ávido de aprehender todo con vivaz pasión, casi con un afán enciclopedista sui generis, pero a sabiendas de que se trataba de algo mucho más que eso. Y aquello que comenzó como un simple hobby pronto pasó a ser una obsesión, una tarea que nunca se ha permitido dejar de lado. Reconozco que muchas veces intenté hacerlo. Pero la culpa es lo primero que nace. ¿Qué le voy a entregar a mis hijos aparte de una menuda biblioteca, algunos haberes y, si el destino me sonríe, alguna propiedad? ¿Por qué no también dejar para la posteridad algún bien simbólico, por más inútil que sea? Estoy seguro
que las próximas generaciones sabrán apreciar estas horas de dedicación. Son para mí, pero también será para ellos.

Reconozco también que hace veinte años habré empezado con unas cinco listas. Luego, estas se habrán incrementado a unas diez y que hoy, ya algo más maduro, apenas son dos o tres las que me atrevo a sostener. Es que el peso del coleccionista inútil, del clasificador obsesivo y del que tiene alma de biliotecólogo, escribano o aplicado funcionario de oficinas atiborradas de archivadores, a veces se vuelve insostenible y, aunque dan ganas de dejarlo todo de una buena vez (porque, digamos las cosas como son, permítanme ser algo procaz, ustedes cambian las palabras si quieren: chitas que es ridícula la cuestión), suele primar una absurda sensatez que te dice: por qué, para qué botar veinte años de paciente trabajo, de esmerado buscador del dato faltante y de emocionado reducidor de información. Para qué dejar de lado algo tan fascinante para el verdadero futbolero como la síntesis escrita en sus estadísticas de pedazos de vida acontecidos en noventa minutos de juego.

Tal vez esto último sea lo verdaderamente importante. He perdido tantas horas de mi vida en un bar, un estadio o un libro, que la necesidad de cristalizar ese tiempo es una medida desesperada por capturarlo de modo tal que la memoria no falle. Como una fotografía, pero de letras y números. Porque la memoria es traicionera, es inestable y caprichosa, y hay que luchar contra ella como se lucha contra la muerte: de todas las formas posibles y una de esas es con pedazitos de vida archivados en una hoja.

miércoles, 19 de enero de 2011

El gran lector

Estas palabras tienen que ver con la valiosa biblioteca heredada de mi padre y madre, pero por sobre todo, por la herencia del hábito lector, esa cosa rara difícil de entender, difícil de explicar, tan poco atractivo para más de la mitad de los chilenos, según algunas recientes encuestas de opinión.

Me hice un lector voraz tardíamente, rondando los deiciseis años, cuando los excelentes profesores que me tocó tener me hicieron leer "por obligación" algunos libros de historia, de filosofía y, en especial, la mejor producción de la novela de posguerra, lo que hizo que descubriera con pasión la escritura de escritores como Herman Hesse, Ernesto Sabato y Albert Camus, entre otros. Por años pensé que ese había sido el comienzo de un recorrido sin fin de cientos de libros leídos en la torre incendiada, al amparo de la soledad, la quietud y el ánimo fervoroso de estar descubriendo el mundo. Pero debo enmendar el rumbo y señalar que la historia comenzó antes, bastante antes, de manera imprecisa. Tal vez, en los albores de las mañanas agitadas que configuraban la partida hacia el establecimiento escolar, cuando hojeaba con avidez el periódico que tempranamente esperaba a la puerta de la casa. O en medio de esas tardes muertas cuando, aburrido y sin mucho afán, me dirigía a la "pieza de los cachureos" y revisaba con esmerada atención algunas de las revistas viejas que mi padre acumulaba, sin botarlas tan rápidamente a la basura.

Una y otra acción son el mismo asunto, pero con diferentes matices. Mi padre era un ávido de información. Escuchaba las tres ediciones noticiosas de Radio Cooperativa del día: a las 7:00 AM, a las 13:00 PM y a las 19:00 PM. Luego, veía y escuchaba con atención el noticiero televisivo de las 21 horas. No conforme con tal empacho informativo, estaba suscrito a dos diarios: El Mercurio y La Época, y de lunes a viernes volvía del trabajo con La Segunda, mientras los sábados y domingos complementaba todo con el diario La Tercera. Esto, en cuanto a diarios, porque cuento aparte son las revistas. En la década de los ochenta compraba semanalmente de a dos y de a tres: Cauce, Hoy, Análisis, Apsi, algunas de ellas incluso antes de que fueran censuradas por el Régimen y sacadas de los kioscos. Y en la década de los noventa, los sobrevivientes: Apsi y Análisis, y eventualmente una que otra Qué pasa o Ercilla, para tener también las visiones "del otro lado".

Cuando a veces me preguntan cuáles fueron mis lecturas iniciales, aquellas que marcaron mi niñez y juventud, siempre respondo lo mismo: los diarios y revistas que compraba mi padre. Gracias a ellos -que se mantenían muy bien conservadas en la bien llamada "pieza de cachureos", un cuarto oscuro, lleno de arañas, baúles misteriosos, herramientas y todo tipo de objetos en desuso-, gracias a ellos, digo, supe desde siempre la realidad amarga de nuestro país, el miedo, la mentira y el dolor, la trágica historia que me había tocado vivir en mi niñez y que ensombreció la de toda mi generación, acostumbrados a jugar entre fantasmas, entre palabras calladas, entre las tensiones de adultos preocupados. Gracias a esas revistas, conocí a los periodistas valientes que escribían con humanidad algunos de los crímenes más atroces que ni la mente de un niño podía imaginar que podían suceder algunas pocas calles más allá de tu casa. Todos esos reportajes y relatos quedaron signados para siempre en la memoria y se completaban con las voces que provenían de la radio, para configurar mi propia historia personal de mi país gris y entristecido, signado por el escalofrío violento de la muerte.

Entre medio de esas revistas, habían, por cierto muchas otras más: una para nada despreciable colección de Mampato, algunas Barrabases, algunas de historietas como Dr. Mortis, Batman y Superman, y unas cuantas Estadio, la mayoría destinadas a lectoría de mis hermanos mayores.
Y en un librero que cubría toda una pared, en esa parte de la casa que llamábamos "el comedor de diario", estaban todas las enciclopedias que mi padre compraba semanalmente en kioscos: la Monitor, la del Estudiante, la de los Pueblos de la Tierra, la Enciclopedia Visual, entre otros, junto a los libros de literatura chilena y española que nos había regalado, "para nuestros estudios", una tía lejana que venía de la isla de Chiloé y que había estudiado en el Instituto Pedagógico junto a Pablo Neruda.

Esas fueron mis primeras lecturas, las que nunca se hubieran podido materializar sin la ayuda del gran lector, ese padre que tanto nos enseñó de maneras tan poco convencionales. Cuando le preguntábamos por el significado de una palabra, solo respondía: "Diccionario", invitándonos a averiguar por nosotros mismos los placenteros caminos del conocimiento. Y cuando le preguntábamos por detalles de algún acontecimiento reciente, nos replicaba con "lea los diarios, escuche las noticias, infórmese". Así aprendimos a descubrir por nosotros mismos la realidad, picados de curiosidad, ansiosos de conocer el funcionamiento del mundo. Método didáctico por descubrimiento, que nos reveló que los mejores aprendizajes son, siempre, aquellos que están guiados por la motivación profunda de conocer a partir de los más recónditos intereses.

Esos juguetes olvidados

Es cierto que hablar a veces de infancia implica un cierto grado de nostalgia. Pero no es este sentimiento -que, como dice Tolstoi, tal vez tenga relación con aquello que jamás ha verdaderamente sucedido- el que convocamos acá para escribir estas palabras. Queremos hablar de nuestras infancia elusivas y fantasmales, aquellas que apenas se dejan ver y que son imposibles de recrear, en relación a un libro que anda circulando por aquí -así como también en Argentina otro de características similares (ver Revista Ñ)- y que habla de la historia de la industria nacional de juguetes durante cien años, que son casi los mismos de su existencia.

El autor es un joven artista plástico e investigador, Juan Antonio Santis, quien asimismo es creador de los propios juguetes de su hijo pequeño. Gracias a su hermosa tarea de coleccionista y busquilla, tenemos frente a nuestros ojos el magnífico libro Juguetes. 100 años de fabricación chilena, editado por OchoLibros, casa editorial que se ha estado destacando por la edición de excelentes libros en torno a la memoria social y cultural, la historia y la gráfica, con un muy prólogo de Jorge Rojas, el autor de la monumental Historia de la infancia en el Chile republicano. 1810-2010.

Existe una corriente incipiente en nuestro país que está estudiando la infancia. No sabemos ciertamente las razones plenas. Factores culturales demasiado fuertes deben estar orientando ciertas búsquedas. En el caso concreto de la literatura, como dice una estudiosa de habla inglesa, Rosemary Lloyd, la presencia de niños en la ficción se debe a una correlación directa con la alienación tangente a una sociedad que rápidamente se está modernizando. Creemos que hacer extensivo esta idea a otras disciplinas -el arte, la historia, el cine, entre otras- no es descabellado. La infancia es tema hoy en nuestro país, un país que rápidamente cambia y se desarrolla, que rápidamente gira hacia futuros desconocidos, entre otras razones, por el aire incierto que lo ensombrece.

Libros como este, instancias como estas, ayudan a poner un cierto freno y a visibilizar la liquidez de la vida moderna en torno a nuestra memoria inmediata, nuestro pasado real y afectivo. Los juguetes de fabricación chilena expuestos y comentados en esta publicación son los mismos que acompañaron nuestra infancia. Ellos nos restituyen en algo, apenas una parte, de ese tiempo lejano y que forma nuestra fantasmal memoria. En cierto modo, está bien. Se lo agradecemos. Lo mismo que su intención de formar el Museo del Juguete Chileno. Porque a veces la vida precaria que vivimos día a día, tan sobrecargada de intercambios monetarios, obligaciones y fatigosas tareas absurdas, adquieren otro cariz, se olvidan, cuando nos miramos a un espejo y encontramos en la imagen que se nos devuelve, algo de ese niño que fuimos, somos y seremos siendo.

domingo, 26 de diciembre de 2010

El damasco

En la casa donde viví 25 años habían dos damascos. Pero siempre fueron uno. Hablábamos de ellos como si fueran uno solo. Uno era más grueso y el otro más angosto, apenas separados por unos pocos centímetros y en lo alto confundían sus ramas viejas con las nuevas, como si fueran la misma cosa. Muchas veces, acostado sobre la hamaca que colgábamos desde uno de ellos, me imaginaba que uno era la madre y el otro su pequeño hijo, y que iban a estar juntos para siempre, que nunca nadie los separaría. No se sabe quién los plantó, pero seguro que llevan más de cincuenta años allí.

Su presencia marcaba las temporadas. Al final del otoño, cuando ya no quedaban hojas, había que podarlo. Con las tijeras adecuadas, llenábamos el patio de ramitas, las que luego servían para azuzar la chimenea. Además, el viejo árbol parecía tener cada vez más una leve inclinación, lo que lo transformaba en una inminente amenaza para el sector de la galería, llena de vidrios, amenaza que nunca se concretaría. Varias veces vi a mis hermanos mayores con un serrucho tratando de cortar aquella rama más imprudente que, obstinada, se acercaba más y más a la leve pared del pasillo.

En invierno, las ramas peladas se movían con el viento y hacían crujir el techo de zinc como un viejo ogro que nos sacaría de nuestras pequeñas camitas. En esta época, además, desde el segundo piso de la casa descubríamos la vida privada de los vecinos de atrás como una novedad extraña, escuchábamos los juegos de otros niños que no conocíamos, veíamos las sombras de los adultos en las ventanas y ya siendo grande, recuerdo haber conversado más de alguna vez de ventana a ventana, segundo piso con segundo piso, separados por veinte o treinta metros, con un amigo que había arrendado en una de esas casas misteriosas que pensaba nunca llegaría a conocer.

En primavera era agradable el aroma de la flor del damasco y el verde limpio de las hojas, nuevas como un niño recién bañado. La incipiente sombra que comenzaba a dar ayudaba a prolongar un poco más las pichangas uno a uno que hacíamos con mi hermano mayor. Y sus verde presencia nos anunciaba y preparaba para la ardua tarea de los meses siguientes.

El verano, de este modo, constituía el periodo en que debíamos trajinarlo, la época del ritual. Año por medio, generalmente, la cosecha era abundante. Habían tantos que había que regar y limpiar el patio a diario para sacar todos aquellos damascos demasiado maduros que caían por su propio peso o picoteados por los pájaros. Nos subíamos al techo a partir de diciembre a cosechar su generosa ofrenda y ya en enero estábamos hartos de comer tantos, de manera que era costumbre hacer mermelada, la que era comida recién durante el invierno, una vez que habíamos olvidado su dulce sabor. El rito consistía en subirse al techo periódicamente a llenar envases, pero había veces en que el asunto se desbordaba, todos los damascos estaban preparados para la mano ajena que los sacaría de su quieto suspenso, lo que nos obligaba a pasar tardes enteras, tratando de capear el fuerte calor del estío santiaguino, llenando y llenando tiestos.

Ante tanta generosidad de nuestro querido damasco, era costumbre que visita que llegaba, se iba con una bolsa repleta. Ya sea los primos que vivían dos casas más allá. El tío marinero que venía de Coquimbo. Nuestra vecina rusa y su esposo espía -según el rumor de barrio- de la KGB. Los vecinos del frente. Los amigos. Otros parientes lejanos. Todos, alguna vez, sintieron el gozo de la pulpa del damasco deshaciéndose en la boca. Mi abuelita, por último, para terminar de sacar provecho, juntaba un montón de cuescos y hacía un licor único que, alguna vez, siendo más grande, tuve la dicha de probar por única vez, como un elixir destinado a unos solos pocos. La receta de su alquimia -junto con la del licor de oro- la perdimos para siempre los días en que su memoria nos empezó a dejar, enteramente vestida de luto.

Sé, de primera fuente, que ese damasco sigue siendo un padre generoso dispuesto a repartir sus frutos a los comensales que se arrimen a su sombra. Ojalá que otros sigan disfrutando de su largo brazo, siempre abierto, siempre acogedor.

viernes, 10 de diciembre de 2010

La feria de San Camilo

Foto: Cité de calle San Camilo.

Los viernes eran día de feria. Cruzando uno de nuestros límites barriales, Vicuña Mackenna, siguiendo por Jofré, llegábamos hasta San Camilo, a una cuadra de Portugal, viejo barrio de dos vidas: tranquilo y apacible de día, oscuro y prostibulario de noche. Los martes y viernes por la mañana se cerraba la calle desde Jofré hasta Argomedo, más o menos, y nosotros nos dejábamos caer al fin de la semana para tener fruta y verdura fresca los días en que la casa estaba más llena y había más movimiento, es decir, para los sábados y domingos.

Al principio la encargada era la Carmenchu, quien carrito en mano y alegría característica recorría las tres o cuatro cuadras en busca de sus caseros. La Carmenchu trabajó en nuestra casa varios años. Con aproximadamente treinta años de edad, paciente, esmerada, alegre y dinámica, pero con un genio algo áspero, sin pelos en la lengua, debía lidiar con seis genuinos representantes del género masculino de diferentes edades, cada uno con su propia particularidad, desordenados o sucios, mañosos o regalones, poco despiertos o demasiado avispados, aunque siempre respetuosos. Mi hermana, en cierto modo, era su aliada. Al ser las únicas mujeres de la casa, se reconocían y se llevaban bien. Algunos de nosotros, en cambio, en plena etapa de maduración, insoportables, atontados, a veces la hacíamos rabiar y nos enojábamos con ella, sobre todo cuando nos hacía salir de la cama no más allá de las diez de la mañana los sábados o feriados. Repentinamente, la Carmenchu, quien por su cuenta además se ganaba sus buenas lucas cortando el pelo en su casa, se hizo evangélica y de un día para otro la casa se llenó de discursos sobre la gloria del Señor y la Radio Armonía pasaba encendida desde que llegaba en la mañana hasta que se iba en la tarde, a todo volumen, gritándonos, cada cierto tiempo, la característica alarma de "Mi-la-gro, mi-la-gro".

A veces, a menudo, la acompañábamos la Luz María y yo, que no siempre estábamos en casa a esa hora. Después que la Carmen se fue, llegó otra Carmen, pera esta Carmen era distinta. Era menos vital, más bien cómoda y apenas movía un pelo, porque decía que tenía artritis en las manos. En resumen, era rejodida la señora, más interesada en sus plantas dientes de león que en el aseo de la casa. Por lo tanto, comenzó a ir la Luz María sola para encontrarse con los mismos caseros de siempre, algunos de los cuales no dejaban nunca de piropearle mientras ella les pedía un kilo de naranjas y otro de papas. A veces, íbamos los dos o con Gonzalo, o yo solo, o con Felipe, dependiendo de las circunstancias y disponibilidades, al estar todos trabajando o estudiando. Da igual, el asunto es que siempre debía haber alguien dispuesto a ir. Y casi nunca fallábamos.

La Feria de San Camilo lleva décadas de existencia y parece siempre la misma, ahora que han pasado los años, cada uno ha hecho su propia vida y la vieja casa familiar y el viejo barrio son apenas estaciones de paso. Llego un viernes cualquiera buscando humitas para darle a mi hermana que está de visita y me encuentro con los viejos caseros de siempre, diez años después. Ahí está el señor que vende huevos, siempre de buen humor, fresco, amable, cariñoso. Los viejos que se echan talla unos con otros. El señor del kiosko que vende revistas y libros escolares usados. El de las papas, el de las paltas, la señora de las lechugas. Todos personajes de su propio rincón, con apenas nombre conocido.

Pero también me encuentro con algunas sorpresas. Antiguamente, la feria de San Camilo era solamente de frutas, verduras, pescados y mariscos. Pero ahora, como en otras ferias libres de otros sectores de Santiago, hay ramificaciones incipientes, tímidas, de coleros que con un tapete se ponen a vender cualquier cosa. Por ahí aparecen algunos inmigrantes ofreciendo cosas de cocina, otros venden ropa y más allá se ve a un compadre que vende objetos reducidos, como una silla de bebé para auto, impecable, de marca, la cual ofrece a tan solo cuatro lucas. Por otra parte, los edificios nuevos también han cambiado la fisonomía de la feria. Ya no están los cités donde vivían las prostitutas y travestis, ni los oscuros bares donde los feriantes, amigos o vagabundos desayunaban su buena copa de vino. Todo ha sido reemplazado por altísimos edificios nuevos, que se ven elegantes, y que ahora dan una sombra constante a la estrecha calle.

Llevando a un niño en coche que reclama por su comida, porque ya se acerca su hora de comer, espero por la señora de las humitas que no llega. Un casero me dice que viene de Melipilla, por lo que el pique es largo y se demora. Otro más allá me dice que no le compre a la Teña, porque los choclos todavía están muy nuevos y me voy a enfermar, que mejor espere a su señora que como en dos semanas más va a comenzar traer sus propias humitas para vender. Se hace tarde y debo partir. Cuando vuelva, me digo, aparte de llevar cosas para comer, no puedo dejar de pasar por el Juan Ramsay, el club social de antiguos deportistas, un poquito más allá, a una cuadra por la misma San Camilo -rebautizada como Fray Camilo Henríquez como parte de la estrategia de blanqueamiento que incluye casetas de seguridad en ciertas esquinas- para volver a ver sus vitrinas, las copas, los posters y la réplica de la estructura de madera que saltó el caballo Huaso con su jinete Alberto Larraguibel para batir el récord de salto ecuestre en 1949, aún vigente. Y buscar el 2M2, el viejo bar, para tomarse por ahí una cerveza y ayudar a refrescar la memoria. Y sentarse en alguno de los escalones de las casas pareadas de Marín a tomar la sombra fresca, antes que desaparezcan por el arrastre de los altaneros edificios.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La última lección

El fútbol chileno se vuelve a vestir de luto. Como tantas veces. Pero esta vez, todo de manera distinta. Celebrando los 100 años de la Selección Nacional, con un Monumental repleto de público, con un equipo jugando a gran nivel los primeros veinte minutos y gran parte del resto del partido, pero con la sensación de estar asistiendo a una despedida. No solo la de Marcelo Bielsa, el técnico que cambió el juego timorato, tibio, lento y plano del jugador chileno por uno agresivo, dinámico y ofensivo. Sino que también la de una manera de vivir el fútbol y la vida. Más allá de los 50 juegos oficiales a su cargo, desde que asumiera la banca una fría mañana de entrenamiento en unas canchas cercanas al aeropuerto de Pudahuel, hace ya tres años. Más allá de las enconadas elecciones dirigenciales que han precipitado su renuncia, pese a tener contrato vigente por cinco años más.

La despedida de una manera linda de ver el fútbol. Apasionada. Exigente. Siempre al frente. Sin complejos, indiferente respecto al rival, el entorno y las circunstancias anexas. Siempre buscando la excelencia, el espectáculo y el buen fútbol.

Y la despedida de una forma de vivir la vida. Consecuente con las ideas. Sin miramientos con el poder. Sin complacencias. Reticente a las manipulaciones interesadas de quienes intentaron sacar partido de su figura para beneficio personal. Con tintes pedagógicos, buscando siempre una lección y una enseñanza para compartir con sus discípulos. Y con una decencia y un caballerismo tan perdidos en el mundo frenético de hoy.

Con más frecuencia de la esperada, el fútbol y la vida se cruzan de manera misteriosa. Recuerdo con emoción cuando el 15 de enero de 1989 la U se fue al descenso y los quince mil fervorosos hinchas de la U que nos cocinábamos de tristeza esa tarde calurosa de verano en el Nacional, cantábamos llorando, pero con convicción, "que volveríamos a ser grandes, grandes como fue el Ballet". Y, en cierto modo, así fue, más temprano que tarde, sobre todo a partir de la obtención del título de 1994, 25 años después del último logro. Pero esta vez, veintiún años más tarde, en medio del adiós de Bielsa, todo canto de promesa, rabia o agradecimiento, me parece una canción hueca, repetida, que no arreglará nada. Con el escepticismo vivo de quien sabe estar perdiendo algo muy, pero muy valioso, volveremos a los tiempos negros del fútbol sin rumbo y, sobre todo, no volveremos a ser grandes, porque, inexplicablemente, hemos dejado partir al más grande de todos, al mejor técnico del mundo. Con el despilfarro que históricamente ha destacado en nuestra nación. Ojalá me equivoque. Sobre todo, porque buenos jugadores hay.

El show debe continuar. Es cierto. Seguiremos yendo al estadio de nuestros equipos cuyos dueños están más interesados en sus acciones de la Bolsa que en hacer más grandes al club. Seguiremos viendo los partidos de la selección esperanzados con ganar una Copa América, tan esquiva siempre. Pero ya nada será lo mismo. El fútbol chileno ha dejado partir a uno de sus maestros. Y esa herida tardará mucho en ser sanada. Mucho más de lo que piensan los nuevos dueños del fútbol, los sátrapas del fútbol, los ávidos Don Dinero que han visto en este hermoso deporte una oportunidad más para el negocio frío y calculador, una oportunidad más para llenarse los bolsillos de vacío y más vacío, mientras de a poco van apagando el espíritu del ingenuo, desinteresado y noble seguidor amante del "deporte más lindo del mundo", como dice el relator chileno de ESPN.

Con más frecuencia de lo que algunos creen, el fútbol y la política también se cruzan. Sabidas son las afinidades políticas de Mayne Nicholls y Bielsa, los salientes. Y las de quienes desde las sombras, levantaron la candidatura de Segovia, el entrante. Ahora todo queda en paz. Los que detentan el poder son los dueños del país y ahora son los dueños de la pelotita, el último bastión popular. Pueden quedar en paz. Tienen poder para rato. Tienen grandes negocios para rato. Les faltaba adueñarse de la fiesta popular. Y lo han logrado. Dios nos pille confesados.

Mientras tanto, como antaño, los que piensan distinto son perseguidos, como el señor y su hija menor de edad retenidos por 45 minutos antes de entrar al estadio por portar carteles de protesta. Y como antaño, los carerrajas, con el beneplácito de los medios de prensa condescendientes de nuestro entristecido país, señalan que la partida de Bielsa "es una pena" y desmienten toda sugestiva "presión" para la salida del mejor dirigente y el mejor técnico que haya tenido nuestro fútbol.

El fútbol está triste en medio de un país en donde se ha instalado el carerrajismo de quienes mezclan sus intereses privados con los públicos. El fútbol está triste. El país está triste. Mientras asistimos a la última lección con gran juego para ganarle a Uruguay en el centenario de la Roja.